
El arte de anticipar el desastre. Ballard en la mirada de Alberto Santamaría.
Alberto Santamaría. El único planeta verdaderamente alienígena es la tierra. J.G. Ballard, guía para usuarios del desastre.
Editorial Akal. Pensamiento crítico. 254 páginas.
Por Rafael López Borrego
La obra de Ballard es una cita constante en algunos de los textos publicados por Alberto Santamaría, como si representara una obsesión de la que no puede despegarse y a la que recurre en diferentes momentos. Ello ayuda a realizar un retrato de la sociedad que entre unos y otros nos hemos dado como la mejor.
El libro que nos ocupa habla sobre Ballard, su obra, sus influencias y algunos de los matices que convierten a este escritor en un testigo fiel del momento vivido y también del que está por vivir.
Hay una serie de palabras que son una constante en el libro y que definen la obra de Ballard, apareciendo y desapareciendo mientras la historia que el autor ha imaginado se desarrolla.
La primera palabra es desastre. No solo se encuentra en el subtítulo del libro, sino que aparece como evento que puede suceder en cualquier momento. La tranquilidad en la que vivimos, pese a no querer ser conscientes de ello, nos conduce hacia un futuro para el que no existe marcha atrás. Pero tenemos al mismo tiempo la posibilidad de redención, porque siendo conscientes de hacia dónde vamos, podemos poner los medios para que lo inminente no suceda. Frente al desastre, en los relatos de Ballard, el ser humano se adapta y es capaz de olvidar con una rapidez que sorprende a cualquiera que lo observe. El desastre aparece como solución, como redención de un ser humano, que no ha sido capaz de controlarlo o bien que, sabiendo de su inminencia, nada hizo por evitarlo.
Indudablemente si hay una palabra que conecta con desastre es surrealismo. La influencia que recibe Ballard del surrealismo es muy grande, sobre todo en algunas afirmaciones del segundo manifiesto realizado por André Bretón en el año 1929. El surrealismo es la guía para el desastre, pero también la posibilidad de generar un futuro otro, acceder a la realidad, pero de otro modo, distinto, más amable. El surrealismo sirve al autor para ahondar en los márgenes y navegar por esos ríos que conducen a un océano tranquilo y, sobre todo, diferente.
Ya que hablamos de surrealismo, conviene hablar sobre el papel que juega la imaginación. Para Ballard la imaginación es un peligro que los poderosos tratan de controlar. La posibilidad de controlar la imaginación supone el mejor elemento de dominación. Pensar, tener pensamiento crítico, al igual que la imaginación son una alarma para los que quieren tener todo bajo control. La imaginación se desactiva a través del progreso, un ángel como lo citaba Benjamin, que nos arrastra y que no tiene tiempo para pararse a realizar cualquier acción. La imaginación tiene conexión con lo sublime porque cuando esta fracasa en su pretensión de ir más allá, podemos deducir que lo terrible está cerca. La imaginación no es un elemento que actúa sobre lo extraño sino sobre lo que de forma aparente nada significa ni destaca.
El capitalismo o el sistema capitalista no es para Ballard un problema que deba ser eliminado para la construcción de un mundo mejor, sino se trata de los excesos que el sistema comete los que pueden llevar a situaciones de violencia o de desastre.
Vivimos, para Ballard, en una sociedad donde el consumo ha creado una nebulosa que no nos permite ir más allá, en la que ni siquiera somos conscientes de la posibilidad de que todo se vaya al traste. Indudablemente tenemos señales de alerta, una de ellas pudiera ser que los recursos tienen que agotarse en algún momento, pero la nueva religión, como la denominaba Walter Benjamin, continúa su fiesta en una rueda 24/7 que no nos permite pararnos ni siquiera a pensar en ello.
Se trata de un capitalismo capaz de deglutir todo, de sobrevivir a sus propias crisis, que ya eran cíclicas desde sus orígenes. Pese a las promesas que esas crisis traían de cambio, el sistema no deja de imponer su fuerza para que el olvido nos lleve de nuevo a no aprender ninguna lección. La burbuja inmobiliaria de 2008 y sus tremendas consecuencias o bien la crisis provocada por el COVID 19 pueden servirnos como ejemplo de la capacidad de nulo aprendizaje que tenemos de cada una de ellas.
La violencia aparece para Ballard en el contexto del aburrimiento. La gente se aburre porque el sistema se encarga de ello. Ese aburrimiento le lleva al consumo, a veces desaforado, para entrar en una rueda que alterna los momentos de aburrimiento con los de consumo. En los textos de Ballard será la clase media la encargada de canalizar esa violencia, no lo hace la clase oprimida, sino que la posibilidad revolucionaria se entrega a la parte más amplia de la población en los
países desarrollados. Estas situaciones violentas derivan en los escritos hacia ámbitos cercanos al fascismo.
Quizás sea buen momento para preguntarse dónde quedan los afectos en estos relatos o bien si como preguntaba Miguel Ángel Hernández Navarro en su libro El arte a contratiempo si todavía hay tiempo para los afectos. Puede que en el mundo en el que vivimos, los afectos sean algo revolucionario. Reivindicar una mirada, un gesto o un abrazo puede parecer extraño para un ambiente en el que el consumo lo invade todo. Pero tengamos claro que los afectos no se pueden comprar, sino que se entregan voluntariamente. Los afectos son un don que circula y donde la
transacción económica no tiene cabida. Por eso nunca es mal momento para reivindicarlos. Los afectos, nos dice Alberto Santamaría, son el valor de una comunidad, es imposible convertirlos en mercancía.
Los textos de Ballard nos hablan sobre el futuro. Muchas veces no es necesario que sea un futuro muy lejano, aunque así lo presente el autor, porque podríamos ser conscientes de que el mensaje está dirigido a nosotros mismos. Ha sido la apatía, mezclada con la arrogancia, la que ha traído la situación en la que se encuentra ese grupo de personas. Muchos de estos textos tienen la capacidad de atraernos por lo que puede pasar pero que todavía no ha sucedido, aportando de esta manera la vía de resolución. No se trata de observar el futuro con pesimismo sino analizar las posibilidades que nos ofrece el presente para corregirlo.
Podríamos citar otros elementos recurrentes como la tecnología como falsa promesa de bienestar, la capacidad de transformación que tiene el desastre y que incuba en su seno una posibilidad de redención, la fragilidad de aquello que pensamos como asentado y seguro, donde la capacidad de sorpresa y de cambio puede llegar en cualquier momento o la presencia de lo cotidiano en el sentido freudiano albergando en su interior lo inquietante o bien lo siniestro.
Se trata de un libro fantástico. Toma perfectamente el pulso no solo a la obra de Ballard, sino también a la actitud que tenemos ante todo aquello que se viene encima. Alberto Santamaría es uno de los mejores críticos culturales que hay en España. Observarle de cerca, seguir sus escritos y hacer caso de sus advertencias no es algo que deba desdeñarse. Este libro contribuye sin duda a evitar el desastre(si es que este no está más cerca de lo que pensamos).

Rafael López Borrego
Rafael López es licenciado en historia del arte por la Universidad de Salamanca y ha trabajado como docente en diferentes centros. También ha sido coordinador de exposiciones y actividades de un centro de arte contemporáneo y dirigió una feria de arte contemporáneo. Sus intereses se centran en el mundo del arte, la estética y el pensamiento contemporáneo. Tiene una canal de YouTube con 40.000 seguidores y miles de visitas mensuales.

