Juan Gopar

La insularidad poética habitable.

Juan Gopar: Isla, con introducción y glosario de Alejandro Krawitz.
Ed. Servicio de Publicaciones del Cabildo de Lanzarote, 2025.
350 páginas.

Por Fernando Castro Flórez.

Juan Gopar es un extraordinario artista y un narrador fascinante; incluso cuando parece entregarse a lo que convencionalmente se califica como “abstracción”, está siempre atento a lo concreto, posicionándose en un territorio, trazando una cartografía crítica de la insularidad canaria. No es un “textualista”, aunque escriba y anote meditaciones sin pausa, sino que tiene la actitud del narrador que corresponde a aquellas reflexiones benjaminianas sobre Leskov: atiende a la finitud, entreteje lo que está a punto de desaparecer en la experiencia nocturna de la vida, retoma aquellos “cuentos” que empezaban citando un barco que “venía de la Habana”. Desde su primera exposición en 1977 en la Galería Conca de La Laguna no ha dejado de darle vueltas a lo “fantasmático” que puede vincularse con el freudiano “retorno de lo reprimido”. Si en sus pinturas y dibujos iniciales aparecían fantasma y anacoretas, también empezaba a dar rienda su obsesión por la soledad y a la ideorritmia monacal.

Este creador está siempre “en camino”, recorriendo el espacio intermareal del Caletón Blanco o adentrándose en la geria (esa maravilla del “volcán cultivado”), con el horizonte imponente de los volcanes, aprendiendo de la “paciencia” de los líquenes, buscando interlocutores, especialmente entre los poetas. Como todo narrador que toca una materia dúctil, sabe que hay que introducir un tono inmemorial, trenzando lo personal con ese pueblo que, como apuntara Didi-Huberman, siempre “falta”. Curiosamente en el enorme libro que acaba de publicar con el título de Isla dispone como primera imagen un retrato suyo acompañado de su perrita, una hermosa dálmata. Gopar ha tenido la necesidad de “dar la cara” en un texto que es, en todos los sentidos, un diálogo con la isla que es su taller y, también, un sedimento de complicidad completa con el poeta Alejandro Krawietz.

En este volumen de 350 páginas ha emprendido la heroica y poética tarea de cartografiar la isla con textos maravillosos y fotografías que nos invitan a adentrarnos en una atmósfera “mágica”. Una luz de alborada da paso a un océano de extraña grisura como si el horizonte de la isla fuera espectral; la barca está confrontada con el propio Gopar entre las abruptas rocas en el límite del mar, mientras se van entretejiendo los textos con las imágenes de obras de este artista al que calificar como “radical” o “enraizado” no es un mero recurso literario. En el lúcido glosario de Alejandro Krawietz se inicia la meditación sobre la isla como centro de todos los instantes, utopías y lugar del ensueño. La espuma del mar, generada por el oleaje impetuoso, dialoga con lo que el poeta califica como “metafísica de la acción”, el brillo en la superficie del agua convoca la poética bachelardiana, la vegetación que sobrevive en estos territorios es, en cierto sentido, una alegoría de la dificultad que también atraviesa un creador que decide mantenerse en la condición insular.

La secuencia de fotografías es, no exagero, emocionante, mostrando una blanca playa que tiene algo de superficie para “pictografía oriental” o imponiendo el recuerdo del barco que se encaminó al naufragio. “En todo insular –escribe Alejandro Krawietz- habita un náufrago y todo insular abriga en su imaginación sobre lo real un ensueño de rescate”. En este caso, este libro prodigioso nos rescata a nosotros de la epidemia de la tontería, hace que nuestra imaginación se desplace por la más hermosa “geografía de la imaginación” que existe como una tierra (valga la alusión heideggeriana) verdadera.

Juan Gopar apunta que la isla-taller, “en su condición de microcosmos, se erige como el lugar donde el amor por el horizonte se convierte en una forma de existencia. Es un recordatorio de que, en su singularidad, cada isla lleva consigo una riqueza de experiencias, un lenguaje único y un océano de posibilidades. La isla, como excepción, se convierte en un testimonio de la conexión eterna entre el tiempo, el lenguaje y el océano, donde la infinitud se revela en cada ola que besa sus costas”. Desde hace años, Juan Gopar utiliza materiales de desecho que recoge en las orillas de las playas que convierte en esculturas, casas, refugios, cabañas. Su proceder plástico puede ser descrito como un bricolaje (en el sentido que analiza esa noción Claude Lévi-Strauss en El pensamiento salvaje), esto es, un trabajo de reciclaje de lo que el mar devuelve a las costas que no tiene tanto que ver con la dinámica post-surrealista del objet trouvé sino con la reflexión crítica sobre la dramática experiencia de la emigración. Theodor W. Adorno comparó la obra de arte con un “mensaje en la botella” y lo que Gopar encuentra y lee no es tanto el mapa del tesoro cuanto las huellas de dramas existenciales, los signos de “vida dañadas”, el testimonio cuasi-objetual de aquellos que han pedido la voz y la vida. Lejos de toda impostura, este artista ensambla y “modeliza” lo que queda de las pateras, esos pecios del naufragio, en obras que tiene algo, por emplear términos de Rilke, de “belleza terrible”.

            Gopar insiste en que el arte tiene que ser memoria experiencial o, en otros términos, un radical proceso de “posicionamiento”, sabiendo que, el mapa no es territorio pero que eso no puede llevarnos a abandonar la tarea crítica de dar cuenta, con un compromiso ético-estético, de lo que nos pasa. Eso no supone, ni mucho menos, la deriva hacia lo “panfletario”, al contrario, para este artista lo fundamental es mantener un tono poético. Los planteamientos creativos de Gopar están en sintonía por la poesía de Andrés Sánchez Robayna y Manuel Padorno, siendo también un lector atentísimo de Valente o del pensamiento poético de María Zambrano.

            Para Juan Gopar el naufragio no es meramente una metáfora, antes bien funciona en su poética como un impulso esencial. Ha narrado en infinidad de ocasiones la peripecia y naufragio del Guadalhorce, un barco que ha llegado a obsesionarle “como si fuera un fantasma”, una materialización (en términos foucaultianos) de lo heterotópico. En la magnífica exposición que realizó en el TEA de Santa Cruz de Tenerife titulada Era así, no era así (2011) realizó una réplica de “la cabaña del gaviero”, una impresionante instalación que está entrelazada con narraciones sobre la relación con su abuelo, pero, también, con la idea del espacio solitario de meditación o, en otros términos, de ese “apartamiento del mundo” sobre el que Sloterdijk meditó con tanta intensidad. Ahí se daba espacio a una variante del sentimiento de lo siniestro, edificándose esa experiencia (anómala) de volverse extraño en el seno de la familia. Para Gopar una de las cuestiones decisivas es la de cómo vivir juntos, el tema que desarrollara Roland Barthes en el seminario del Collège de France en el curso 1976-1977.

            La isla de Lanzarote es, en todos los sentidos, el taller de Juan Gopar y el “traspatio” de la casa familiar junto a el Charco de San Ginés de Arrecife lo que llamaré el emplazamiento mítico. Retomando tanto la plástica social de Beuys cuanto la hibridación de Rauschenberg, este artista canario, que dialogó a fondo con el antropólogo Fernando Estévez, tergiversa el souvenir, confronta la banalidad turística con la política fronteriza que excluye a los otros. En la inauguración de su exposición en Fuerteventura, Juan Gopar declaró que “se puede enseñar cómo va el mundo caminando por su orilla” y también añadió que “la basura de hoy es la antropología del mañana”. Lo que nos llega es un retrato del tiempo en el que vivimos, los rastros de un mundo que “se está convirtiendo en ruinas”.

            El monumental libro de la isla de Gopar y Krawietz no deriva, afortunadamente, hacia la melancolía ni comparte la “nostalgia de lo que no tuvo lugar”, al contrario, en su travesía poética transmite esperanzas (a pesar de todo). La pintura está hermanada con los líquenes, con “el limo vivo”, la imaginación insular aguanta todo como la aluga (esa “planta ósea”), encontramos espacios para habitar (cabañas blancas, arquitectura vernácula, construcciones precarias, “arquitectura de kilómetro cero”, el viento regala en dibujos inauditos. Estos dos creadores a los que tanto admiro me enseñan a mirar la tierra, a pensar la roca o, mejor, esa isla que “marca los límites”. El vibrante diálogo de palabras e imágenes intensifica la experiencia que tenemos al contemplar las palmeras agitadas entre el sueño y la pesadilla, nos hace repensar el modo de “vivir juntos”, dispuestos a hospedar al que busca una vida mejor, comprendiendo que esta luz que nos llena de vida no nos pertenece y que el horizonte puede traernos algo feliz.

“El acontecimiento –escribe oportunamente en las últimas páginas de Isla Alejandro Krawietz- dialoga siempre, antes de presentarse, con el horizonte. El horizonte es la inminencia el acontecimiento”. Este grandioso libro es, en sentido estricto, un acontecimiento excepcional: la materialización de un dialogo territorializado que abre un mundo poético de una intensidad inusual, genera una zona en la que deseamos habitar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos.
Privacidad