
El azar doctoral y otros juegos hipotético-conclusivos.
Los Torreznos: La Tesis, Ed. La Uña Rota, Segovia, 2024.
Por Fernando Castro
La primera impresión ante un libro editorial “manchado” de grasa y con un título tan pretencioso (“La Tesis” como “The Film” en el caso de Superman) es que esto puede ser fruto de las malas digestiones. O, tal vez, es un juego magrittiano del tipo “esto no es una tesis”. En verdad, se trata de una tesis de esas “de tomo y lomo”, defendida y aprobada (con calificación “desconocida” o acaso vergonzosa) el 7 de abril de 2022 en la Liberaris Artium Universitas, constituida para los efectos en el Museo Lázaro Galdiano, con el tribunal formado por Selina Blasco, Belén Gopegui e Isidoro Valcárcel Medina. Yo mismo tendría que haber enjuiciado esa “investigación”, pero, por motivos familiares, me puse, literalmente, en fuga. Inconscientemente tenía mis “prejuicios”; me temía que se trata de una tesis “a la manera Bellas Artes” en la que se abordara el patético tema de “Mi mundo y yo”, “Mi obra y yo” o, la mayor atrocidad imaginable: “Nuestras performances y nosotros”. Afortunadamente la cosa no va por esos tristísimos derroteros.
Simplificaré señalando que esta tesis, como los mismos autores indican, es un viaje que no empezó por el principio ni acaba por el final. Se trata de una oportunidad para pensar “a otra velocidad” y, particularmente, asistimos al despliegue de la lógica creativa de Los Torreznos que, como repiten insistentemente, han decidido “abrazar el azar”. El título de la tesis doctoral fue “El uso del azar en la creación de sentido: el caso de Los Torreznos”, si bien habían encontrado, gracias al filósofo Austin, un estupendo título, Como hacer cosas con palabras que, con razones extrañas, desacreditó el director de la investigación Isidro López Aparicio.
Cuando asumen el azar tiene plena conciencia de que también han sacado partido de él Mallarmé, Duchamp o Cage, entre otros artistas que se tomaron, como corresponde, el juego (en la estela de Schiller, Nietzsche, Bataille o Caillois) en serio sin terminar por ser aburridos. En cierto sentido, Los Torreznos son humildes herederos del centenario surrealismo que, a su vez, había sacado partido de aquella estupenda frase de Lautremont sobre el “encuentro casual” de un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección que puede significar que lo maravilloso surge en la heterogeneidad-conectiva de lo metafórico. “Cualquier elemento de azar –escriben Los Torreznos-, cualquier elemento de improvisación, cualquier elemento aleatorio solo tiene valor si funciona, si vive, si se mueve, en un marco que está orientado y que tiene un sentido que responde a la reflexión, a la impresión, a la sensación que Los Torreznos quieren desarrollar o provocar en un momento determinado”.
Los Torreznos trabajan (ellos mismos, perfectamente enchaquetados, se esfuerzan como trabajadores nada sublimatorios) con el cliché, el patetismo y lo popular, repitiendo las cosas hasta la exudación, sacando partido tanto del azar como del sinsentido (ciertamente esa ahí donde sobrevivimos), recurriendo, si es necesario, al aspaviento que puede “marcar una dirección hacia donde ir”. Dando vueltas, en parodia post-foucaultiana, a las palabras y las cosas parecen escribir como si estuvieran “opositando” para ingresar en OULIPO o, por lo menos, sus “trabajeras” hacen que me acuerde de Georges Perec y su pasión por lo infra-ordinario.
El capítulo metodológico de La Tesis es, sencillamente, extraordinario: una demostración de la capacidad asociativa de las palabras. Insisten en que el azar es una dinámica que descoloca y rompe cualquier inercia, llevándoles a lo que califican como una posición incómoda y, al mismo tiempo, placentera, en sintonía con la desfamiliarización que pensaron y activaron Freud, Shklovski o Brecht. Para escribir la tesis doctoral, Los Torreznos recortaron palabras (empleando unas 500) y se pusieron a jugar, sin una meta pre-establecida, con ellas, en un proceder semejante al cut-up de Burroughs.
“El artista –escriben lúcidamente Los Torreznos- no es el humano más inteligente ni el filósofo más profundo, ni es el científico que más conoce, ni el sociólogo que mejor entiende la situación de la realidad. El artista, en el mejor de los casos, es alguien que tiene la capacidad de entregarse e intentar siempre ir más allá de lo que uno mismo pretende saber o entender”. Estos artistas tienen fe en lo irracional y eso hace que no tengan miedo en decir lo primero que se les viene a la mente. A la manera dadaísta, tienen claro que el pensamiento se origina en la boca y que lo importante es encontrarse y hablar. No importa si la agitación lúdica lleva a derrapar en el mayor de los ridículos, peor sería caer en la ampulosidad (pretendidamente) sublime.
Si la metodología de Los Torreznos es impresionante, las hipótesis de su tesis son, valga el juego fácil, “demasiado para el cuerpo”. Cortando aquí y allá en este libro con marcapáginas, sintetizo que la cosa tiene que ver con las novedades, la confianza, el juego, lo inesperado, el descubrimiento, siendo fundamental mantener la mente abierta y el deseo de construir sentido; cualquier palabra termina sirviendo cuando lo que se quiere es “encontrar la luz”: “cuando Los Torreznos se refieren a “encontrar una luz”, de lo que están hablando es de la posibilidad de ver el campo de juego”. Rompen el lenguaje y le dan las vueltas hasta el mareo (recordemos la importancia de los juegos de vértigo para Roger Caillos), activan la polisemia, encuentran relaciones inaparentes, buscan la palabra “imprevista” que, tal vez, sería mejor considerar inaudita.
Para Los Torreznos, a la manera fáustica, en primer lugar está la acción, si bien también en el principio “es el miedo”. Lo decisivo es evitar que la voz termine secándose, hay que aprender a flotar e incluso, añado por mi cuenta, a nadar y guardar la ropa. No podemos evitar lo aporético ni evitar el absurdo que a la postre acontecerá. Para conseguir la luz es preciso encontrarse antes a gusto, como declaran Los Torreznos, en las tinieblas. Bastante nos advirtió, con tono de agorero, Bergamín sobre “la confusión reinante”. De nada sirve (salvo oficia como flagelante) regodearse en las verdades amargas, “el placer es el criterio primero para hacer cosas con palabras”. Esa estupenda afirmación hace que mi imaginación derive hacia el “placer del texto” barthesiano y también hacia su meditación sobre lo obvio y lo obtuso que, en otros términos (los de Valcárcel Medina) podría implicar lo perogrullesco.
En algunos momentos Los Torreznos se vienen, para-filosóficamente, arriba y escriben que hay que pensar en gigantes y buscar la verdad. Nada más y nada menos. “La verdad –matizan en un momento- es porosa. La verdad tiene palabras”. Bien es verdad que la verdad de la que aquí verdaderamente se está hablando es el resultado del juego con palabras aleatorias. Demasiada verdad en una sola línea, justa consecuencia de aquel método formulado por Charles S. Whiting que terminaría popularizándose como brainstorming. Más que el atroz ruido de la tormenta, lo que he escuchado entre las páginas de La Tesis es un punctual anhelo de la música. “El sentido del arte de las palabras, el sentido del arte de hacer cosas con palabras, puede desarrollar el vínculo que recorre a la bestia y hace música para aliviar la maldad del mundo. Esa música que hace ver otros ojos la verdad seca”.
Los Torreznos son como niños, encuentran sentido en lo mínimo, mantienen abierta la curiosidad, saben de la importancia de los regalos. Incluso, envalentonados con tanta metodología e hipótesis hacen “el salto de la rana” o, en otros, términos tiene arrojo para saltar a lo obvio. La tesis, deliberadamente azarosa, les ha colado permanentemente en el abismo, llegando a concluir que “para conseguir ver más allá hay que naufragar”. Asumen que, cuando se trabaja de este modo, es fácil perder el hilo, aunque siempre puede surgir algo de la papelera, un resto (asunto sobre el que escribiera maravillosamente Ángel González García) que, a la postre, nos permita seguir jugando y disfrutando.
“La conclusión es que seguramente la materia insignificante nos permite establecer nexos y conexiones emocionales entre las palabras y aquellos que les están usando”. Los Torreznos trabajan sobre las relaciones, ofreciendo en este fulgurante libro modos azarosos de estar juntos, una fecunda poética que nos incita a descubrir lo inaudito. Las preguntas, las hipótesis y las conclusiones, afortunadamente, se liberan del típico (fosilizar) discurso del catedrático para propiciar que estos artistas se doctoren en la disparatada disciplina de la patafísica aquella “ciencia de las soluciones imaginarias” que formulara Alfred Jarry. Doctores tenga la “Iglesia” de Los Torreznos.

