Miguel Ángel

SOMOS FRUTO DE LA IMAGEN

Miguel Ángel Hernández. Yo estoy en la imagen. Ensayos afectivos y visiones críticas.

Editorial Acantilado. 2024. 270 páginas

Por Rafael López Borrego

El estatus de la imagen ha ido cambiando en los últimos 150 años, influyendo en la manera en que los espectadores las consumen, como resultado de los avances técnicos. La experiencia de observar una fotografía tomada con un daguerrotipo difiere enormemente de las imágenes generadas por inteligencia artificial, que permiten crear representaciones irreales a partir de una precisa descripción.

El libro de Miguel Ángel Hernández aborda estos temas a través de una serie de ensayos que podrían agruparse en tres categorías:

  • En primer lugar, aquellos que tratan cuestiones estéticas y cómo las imágenes afectan la capacidad perceptiva del espectador. Hernández explora cómo ciertas imágenes se conectan emocional o afectivamente con otras, activando recuerdos, tal como argumentaba Susan Sontag en Ante el dolor de los demás (Penguin Random House), obra citada en varias ocasiones. Sontag señalaba que la fotografía, al dotar de realidad a las imágenes, revela situaciones que algunos prefieren ignorar, refiriéndose a los privilegiados o a quienes se mantienen al margen de los conflictos.
  • En segundo lugar, el autor dedica varios textos a diferentes artistas que han formado parte de catálogos de exposiciones. Se refiere a creadores como Sergio Prego, Javier Pérez, Pablo Genovés, Mar Sáez y Joan Fontcuberta, entre otros, aludiendo en ocasiones a su vida cotidiana o las lecturas que influyeron en la redacción de los ensayos.
  • El tercer bloque se centra en la autoficción, presente en algunos de los textos. Esta mezcla de ficción y autobiografía, que borra la frontera entre lo real y lo imaginado, es un fenómeno en auge, no solo en la literatura sino también en las redes sociales, donde se utiliza para generar mayor interacción.

Todo esto lo hace Hernández con un estilo personal que atrapa al lector desde el primer momento, ya sea en sus novelas como Anoxia (Anagrama), obra mencionada en este libro, o en su diario de escritura Tiempo por venir (Fórcola). Su lenguaje cercano convierte los textos en un espacio accesible para cualquier lector interesado.

A lo largo del libro, el autor retoma algunos personajes y sucesos, como su novela El dolor de los demás (Anagrama), que le sirve como punto de partida para discutir la violencia en la fotografía. ¿Cómo nos afectan esas imágenes violentas? ¿Cómo podemos seguir nuestras rutinas mientras contemplamos tanta brutalidad? Estas preguntas remiten nuevamente a Sontag, y a conceptos como el punctum de Roland Barthes, que en La cámara lúcida (Paidós) describe cómo una imagen puede tocar una fibra íntima del espectador, sacando a la luz lo familiar, ese “siniestro” freudiano que preferimos mantener oculto.

En consonancia con estas reflexiones, Walter Benjamin criticaba el uso de imágenes violentas que apelaban a los instintos más bajos del espectador, en lugar de cumplir una función informativa o documental. Benjamin es una constante en este libro, y Hernández no oculta su admiración por el filósofo alemán. Lo que empezó como una lectura académica poco entusiasta en la facultad, se transformó en una influencia central durante la realización de su tesis doctoral.

Dos aspectos sobre Walter Benjamin son tratados en este libro y que, si queremos, pueden aparecer conectados. Por un lado la temporalidad y la dimensión temporal en la que nos encontramos y por otro lado la visión de los olvidados de la historia.

Benjamin abogaba por la construcción del presente y por un pasado que sirve como fuente de información para que el sostén de nuestro edificio no se desmorone. Es imposible cambiar el pasado, si pudiéramos, como dice el autor, podríamos evitar todas las injusticias cometidas, pero debemos afrontar lo que tenemos frente a nosotros, no lo que sucedió tiempo atrás. Ese pasado nos informa también sobre todos aquellos que han sido olvidados, aquellos a los que tenemos la oportunidad de reparar y recuperar, todos los que dieron su vida por una causa o una persona que sí ha sido recordada y estudiada, pero la labor del historiador, la labor del trapero será “pasarle a la historia el cepillo a contrapelo” tal como aparece reflejado en sus “Tesis sobre el concepto de historia” (Alianza editorial).

Otro de los temas tratados en alguno de los textos es la fotografía post mortem que el autor había abordado en su novela “Anoxia” (Anagrama). La incomprensión que supone para la sociedad contemporánea este tipo de fotografía, acostumbrados a la difusión mediática de un ámbito que, en su origen, formaba parte del espectro privado. Lo que ahora podría considerarse como macabro, en ese momento, con unas circunstancias diferentes, servía para poder activar el recuerdo de la persona que había fallecido, circunscribiendo a un ambiente diferente de la sobreexposición actual.

El ensayo final del libro intenta unir esta fotografía mortuoria con la proliferación de la Inteligencia Artificial y la posibilidad de creación de imágenes que recrean acontecimientos de personas que han pasado por nuestra vida y ya no se encuentran con nosotros. Pero, concluye el autor, hay una importante diferencia entre la fotografía y la IA. Esta última no incluye la dosis de realidad necesaria para activar el recuerdo porque conocemos perfectamente que la escena que trata de representar no sucedió Y esa importante búsqueda de emoción provocada por la fotografía en nuestro interior no se produce con lo que esa función queda descartada para esta nueva manera de construcción de imágenes. 

Volvemos entonces a uno de los temas principales del libro y es la manera que las imágenes juegan con el tiempo, lo doblegan y lo expanden, llevando como decía Georges Didi-Huberman a que “toda imagen sea anacrónica”. Imágenes de un pasado que son capaces de mover el presente. La imagen se encuentra en plena transformación, ya lo anunciaba Paul Valéry en un texto del año 1928 titulado “La conquista de la ubicuidad” (incluido en La invención estética. Editorial Casimiro) cuando decía que igual que recibimos la energía en nuestras casas será igualmente sencillo conseguir que las imágenes lleguen hasta nosotros. Desde ese momento hasta el actual la imagen se ha ido transformando en posibilidades y funciones. Muchas de ellas aparecen en este texto de Miguel Ángel Hernández  donde, como dice el título del libro, cada uno de nosotros estamos incluidos y no debemos permanecer indiferentes a esos cambios sino cuestionarnos cómo afectan esas nuevas nociones y de qué manera pueden distorsionar el tiempo.

Rafael López Borrego

Rafael López es licenciado en historia del arte por la Universidad de Salamanca y ha trabajado como docente en diferentes centros. También ha sido coordinador de exposiciones y actividades de un centro de arte contemporáneo y dirigió una feria de arte contemporáneo. Sus intereses se centran en el mundo del arte, la estética y el pensamiento contemporáneo. Tiene una canal de YouTube con 40.000 seguidores y miles de visitas mensuales.

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