Daniel Fuster

hasta el 28 de septiembre

Daniel Fuster. “dieciséis puntos suspendidos”

EL MIRADOR

C/ Set Cantons, 6. Palma de Mallorca.

Daniel Fuster pinta como acción. No encontramos en estos lienzos un afán revisionista, historicista ni referencias claras. Porque no están en su fuerza, ni en la dinámica, ni en la organización de esa mesa o de esa otra.

Como Pier Paolo Passolini -otro transhumanista- tiene pocos principios, pero muy sólidos y el primero de ellos es resistirse a la pintura, a través de una afirmación solemne de los actos más inútiles (los difíciles).

La simetría tampoco se encuentra en la obra: este autor no está dispuesto a generar pesos visuales iguales, prefiere el dinamismo de la descompensación. porque tiene la idea desesperada de no permitir que principios o dogmas sean necesarios y de esta manera, no disminuir como ser humano.

El ejercicio performativo sobre la obra de arte ya ha sido resuelto previamente, pisando el lienzo, pintando sobre el soporte y atacando el cuadro, como si de un campo de batalla se tratase…
No encontraremos en estos lienzos imágenes que convoquen sensaciones. Pareciera más bien que son invocaciones, casi religiosas, a lugares de la mente y de las vísceras. Son dichos de violencia, son pasajes de vida, son vómitos de posibilidades. Son pinturas hechas por un culpable. Son sensaciones. La culpa (otra herramienta de la belleza).

El aura de la que hablaba Walter Benjamin –ese movimiento de la imagen hacia el espectador– podría desarrollarse aquí como un ataque desde el recuerdo de la acción ocurrida. Podríamos pensar que los cuadros que tenemos frente a nosotros son un lugar de tránsito que no pertenece al artista más que bajo sus párpados mientras los realiza. Se desplazan hacia la imagen.

(…)

No se espera que los cuadros tengan olor. Dicen que los de Miquel Barceló apestaban a gamba podrida. Podemos entender un aroma poético, pero no el hedor profundo que desprenden estos cuadros: a esperma, a sudor salino, a cuerpos aplastados, al momento en que todo lo imposible vuelve a tomar vuelo durante el tiempo que atraviesa el tabique, a espuma y a cabeceo. Huelen a gasoil. Huelen a desconocido en un paso de peatones sin retorno. Huelen a imágenes que susurran. Huelen a esa mirada (que se nos escapa).

Parece no haber acuerdo sobre si hay una vida después de ésta, como si una no fuera suficiente. Se puede vivir en estos cuadros. El autor se niega a morir sin antes intentar descifrar, pensar e interpretar el cuadro que encierra. Se niega a ser una sola cosa, se niega a la narcopolítica de la clasificación, se niega al silencio o al ruido. Toda esta obra que aquí se presenta está concebida como un presente. Vemos un pasado y consumamos un futuro luminoso (en manos de su autor).


Sobre Daniel Fuster por Javier Lozano

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