Rafael Lopez

Meditaciones melancólicas en tiempo desquiciado.

Rafael López Borrego: Melancolía. La estética del alma.

Impreso por Amazon, 2024. 107 páginas

Por Fernando Castro Flórez

Desde que Aristóteles planteara, en el Problema XXX, por qué los hombres más brillantes en todos los ámbitos de la existencia han sido “atrabiliarios”, comenzó una larga meditación sobre la importancia que tiene en el arte el temperamento melancólico. Sin duda, la famosa representación dureriana de la melancolía es la síntesis capital de esa vida bajo el signo Saturno, el planeta más lento. Rafael López Borrego, uno de los mejores divulgadores del arte contemporáneo en nuestro país (especialmente en su referencial canal de YouTube en el que tiene más de 45.000 seguidores) ha tenido el coraje intelectual de afrontar una serie de aproximaciones a la melancolía, partiendo, como confiesa en las primeras páginas, de una experiencia de perdida que ha sufrido que también está asociada a la tremenda sensación de precariedad profesional en la que muchos tienen que (sobre)vivir.

En libros anteriores, Rafael López Borrego había abordado cuestiones como la estética del viaje o las determinaciones del arte contemporáneo. Apasionado lector, este historiador del arte que, desde hace años, ha ido preocupándose cada vez más por las cuestiones estéticas y filosóficas, revisa, en este ensayo escrito con un estupendo estilo, la bibliografía principal sobre la melancolía, desde el clásico tratado de Klibansky, Panofsky y Saxl (Saturno y la melancolía) hasta el Elogio de la melancolía de Földenyi, de las consideraciones sobre el trabajo del duelo de Freud al fascinante libro Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental de Agamben.

Rafael López Borrego comienza, oportunamente, citando Sol Negro. Depresión y melancolía de Julia Kristeva: “Escribir sobre la melancolía no tendría sentido, para quienes la melancolía devasta, si lo escrito no proviene de la propia melancolía”. Eso, afortunadamente, no lleva a López Borrego a desplegar una escritura patético-confesional, antes al contrario, quiere elevar a concepto la experiencia y, sobre todo, aprender y comprender el abismo oscuro que ha atravesado. Da cuenta de “una pérdida” cuyo duelo, según declara honestamente, ha tardado bastante en sanar”. Leer y escribir le ha ayudado a contemplar, por emplear la figura del Ángelus Novus que tan presente está en este libro, las ruinas que en pasado crecen hasta casi tocar el cielo.

Partiendo del mito de Cronos castrando a Urano, López Borrego se aproxima con rigor y cautela a esa temporalidad en la que nada puede, aparentemente, retenerse, cuando el héroe está condenado, tras la caída, a vagar solitario por tierra inhóspita. A pesar de todo, en ese apartamiento del mundo, surge la posibilidad para reflexionar, acaso la transformación de la angustia en sabiduría. El carácter ambivalente de la melancolía (furor o manía, en el sentido platónico, potencia que puede conducir hacia la poesía, voluptuosidad y exceso, pero también pausa contemplativa) acaso tenga algo que ver con la tensión paradójica que late en el arte.

El recorrido histórico que se esboza en estas páginas lleva desde Aristóteles y esa libido desbocada de los que tienen desequilibrada la bilis negra hasta la “acadia” medieval, esa desgana considerada como fuente de pecados, del ángel (aparentemente femenino) de Durero (con una “punctualización” en ese perro del grabado de 1514 que puede simbolizar la lealtad o encarnar la tristeza absoluta) a la depresión pensada por Kierkegaard.

“En un mundo considerado hostil –escribe Rafael López Borrego-, donde parece que hemos perdido el lugar que nos corresponde, con retos estresantes a los que a veces es imposible llegar, rodeados de enfermedades que son controladas por medicamentos, existen también las enfermedades del alma, aquellas ligadas en casos como el que tratamos a la modificación de los afectos”. En este orden de cosas, la descripción que realizara Paul B. Preciado del régimen farmacológico contemporáneo es asumida como un diagnóstico de nuestro tiempo desquiciado en el que, como advirtiera Geert Lovink, estamos “tristes por diseño”. Giramos, frenéticamente, en la rueda del hámster, necesitamos la dopamina del “like”, posteamos nuestra “idiocia” y, a la postre, apenas escuchamos el eco de nuestra cháchara banal.

En buena medida, la mutación contemporánea del “mercurio melancólico” está trenzada con la nostalgia, a la que dedica un capítulo sumamente interesante Rafael López Borrego. Otros pensadores como Zygmunt Bauman (Retrotopía), Svetlana Boym (El futuro de la nostalgia) o Grafton Tanner (Las horas han perdido su reloj) han subrayado la importancia que tiene ese anhelo de un tiempo o lugar perdido que, en muchas ocasiones, nunca existió. Estamos acunados por la “industria de la nostalgia”, fascinados por las modas retro, disfrutando de la “hauntología” (esa palabreja derridiana que sirve ya para todo y, en definitiva, para consumar naderías). La actitud de López Borrego es, literalmente, la de plantar cara al inmovilismo nostálgico, imaginando futuros, tratando de escapar del “realismo capitalista” diagnosticado por Mark Fisher.

Tras dedicas unas vibrantes páginas a revisar la figura del flaneur baudeleriano, en una clave explícitamente subsidiaria de las obsesiones de Walter Benjamin, López Borrego establece un vínculo con la deriva situacionista, incitándonos a romper el límite especular del narcisismo para poder afrontar la catástrofe que ya es estricto déjà vu. Tenemos que recuperar el vigor para, en clave de nuevo benjaminiana, “excavar y recordar”, asumiendo que la tarea del historiador, en el instante del peligro, es ofrecer una imagen dialéctica. No podemos regodearnos en la ausencia de esperanza, la conciencia de la falta tiene que ser un detonante para buscar algo diferente al entontecimiento frente al desastre en curso. Rafael López Borrego ha comprendido que “la perdida también me construye como persona” y no está dispuesto a comulgar con lo peor ni tampoco se entrega a la morosa reconstrucción de un pasado “monumental”. La actitud de este pensador es nietzscheanamente intempestiva, en un claro antagonismo frente al comportamiento cínico que disfruta del naufragio comiendo palomitas. La historia, a pesar del precipitado y superficial diagnóstico fukuyamiano, no ha terminado y, como apunta en las últimas páginas de esta meditación sobre la melancolía, tenemos la obligación moral de luchar por un futuro mejor; ese anhelo utópico revela que el talante de López Borrego es estético e inevitablemente ético, una actitud resistente que no da nada por perdido o, mejor, que aprende incluso de las pérdidas

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