Marina Vargas y las máscaras africanas

Marina Vargas

Por Carlos Jiménez

La exposición Anonymus was a Woman que Marina Vargas realizó en la galería Fernando Pradilla de Madrid supuso un punto de inflexión importante en su trayectoria artística, nutrida por los cambios y continuas transformaciones. Tan audaz como el representado por ese autorretrato suyo esculpido en mármol y de tamaño natural, en el que se la ve desnuda, al aire la rotunda cicatriz que le dejó una operación de cáncer de mama y con el puño izquierdo en alto. Muy en alto, desafiante, reivindicativo. O por esa serie de pinturas figurativas de colores vibrantes en la que expone la intimidad de sus entrañas, transidas por el erotismo y la muerte.


Máscara de la circuncisión Mbagani. La Tribu. Anonymus was a Woman– 2024

En Anonymus was a Woman le imprime un giro a su trayectoria para adentrarse en el drama y la tragedia colectivas de la violencia de género. Esa lacra obscena y persistente. Lo hace echando mano de la máscara como mediación alegórica y como recurso expresivo, para lograr un conjunto de obras en la que el impacto visual no anula, sino que por el contrario invita a adentrarse en su densa yuxtaposición de significados antropológicos, históricos y desde luego políticos. Cuyo condensado es la máscara, elegida por razones tanto políticas como estéticas.


En el pie de foto de una pieza enteramente blancas de máscaras africanas, cita la película Les statues meurelant aussi, el punzante alegato anticolonialista de Chris Marker y Alain Resnais de 1953, que deconstruye cuidadosamente los mecanismos mediante los cuales dichas máscaras perdieron la vida y se transformaron en motivos de un coleccionismo blanco o, peor aún, en “arte de aeropuerto”. Marina se esfuerza sin embargo en remediar esta degradación ofreciendo a las máscaras africanas la posibilidad de una nueva vida. En primer lugar, apartándolas de los museos y las exquisitas colecciones para reincorporarlas al flujo de la vida colectiva. Pero no aquel del que fueron sustraídas violentamente
por los colonizadores europeos, sino al flujo de la vida contemporánea: al aquí y ahora de nuestras sociedades, en el que la batalla contra la violencia de genero ocupa un lugar prominente.
Las máscaras africanas- o mejor las exuberantes versiones que Marina ha hecho de las mismas – son ahora utilizadas para garantizar el anonimato de las mujeres a las que ella les ha pedido que denuncien las humillaciones y los maltratos que han padecido no solo a manos de sus parejas y en definitiva de la cultura patriarcal. Las máscaras recuperan así una función social, aunque distinta de la cumplida por sus modelos, y por lo que Marina Vargas confía en que las suyas sean capaces de generar entre sus usuarias el juego de solidaridades e identificaciones colectivas capaz de generar lo que ella misma llama una “tribu”.

Cierto, sus máscaras son obras de arte cuyo su destino aparente o realmente inevitable son las coleccionistas y los museos. Marina Vargas es consciente de la contradicción que este hecho supone con respecto a sus intenciones políticas y por lo que ha decidido que quien compre alguna de las suyas, tenga que comprar la pieza en la que la usuaria de la misma da testimonio del maltrato sufrido. Ningún comprador puede entonces irse de rositas.

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