Iluminar y oscurecer

Hombres y Dios. Escenas de noche y misterio
Alberto Ruiz de Samaniego
Shangrila Textos Aparte
Colección Contracampo
Santander, 2023
116 páginas

Por LUIS FRANCISCO PÉREZ

Mientras leía este último ensayo de Alberto Ruiz de Samaniego escuché varias veces el único y extraordinario cuarteto que compuso Luigi Nono, “Fragmente – Stille, an Diotima”, en el cual el gran músico veneciano intentó una aproximación, a lo largo de cuarenta soberbios minutos, al silencio de Hölderlin durante los más de treinta años que, luego de ser declarado enfermo incurable, estuvo viviendo en la casa de un admirador de su poesía y padeciendo los síntomas de su locura más o menos pacífica. Lo cierto es que en este ensayo se cita varias veces a Hölderlin, de ahí que gracias al azar y la contingencia el bellísimo cuarteto de Nono contribuyera no poco a una lectura del libro acompañado de sus silenciosos fragmentos: la música en el límite del sonido, una nota o fragmento sonoro antes de su angustiosa inaudibilidad.

El ensayo está dividido en cuatro capítulos separados entre sí, y como suele ser habitual en esta editorial por un “fundido en negro” que en esta ocasión resulta muy apropiado, pues al cerrar “los ojos del libro” estamos construyendo una no-imagen hasta abrirlos de nuevo, y esta figura de lenguaje (fisiológica, pero puro lenguaje) está muy presente en todo el ensayo al utilizar la doble acción de iluminar y oscurecer, ambas funciones de imponente realidad en prácticamente todas las pinturas que aparecen en el ensayo. Dichos capítulos son los siguientes: “Cuerpos esclarecidos de Georges de La Tour”, “Y saliéndose fuera, lloró amargamente. Sobre las lágrimas de San Pedro”, “Matar a Dios” y “Extáticos, durmientes”. Si en los dos primeros capítulos el argumento icónico está, en mayor o menor medida, integrado en el mismo título, no sucede igual en los dos siguientes. En “Matar a Dios” (quizá la parte más densa de todo el ensayo, y que posiblemente hubiera necesitado más espacio discursivo por la acumulación de referencias) es un brillante análisis de determinadas obras (en pintura, escultura y fotografía) a partir del magisterio intelectual de tres importantes figuras: Nietzsche, el escritor romántico Jean Paul y Unamuno. Y en “Extáticos, durmientes”, la parte más deliciosamente sentimental del ensayo, asistimos, y con ejemplos artísticos de gran originalidad interpretativa, a lo que el autor define como “Cenizas, sueño, aboliciones o aberraciones del tiempo. Fundaciones, purificaciones, (no) reconocimientos y mensajes somniales: desapariciones”.

En “Hombres y Dios. Escenas de noche y misterio” también el silencio (Hölderlin/Nono) se incorpora (¡y de qué manera!) al “decir visual” que su autor ha realizado como elemento estructurador de la poética del ensayo (de la misma manera que el libro de María Zambrano “Filosofía y Poesía” está muy presente, y a modo de homenaje a la pensadora española, en este ensayo de Ruiz de Samaniego que estamos comentando).

De hecho, el primer capítulo, o movimiento en su sentido musical, se inicia con un verso muy significativo de la poeta cubana Fina García Marruz: “¿De qué silencio, eres tú silencio?”. Una “poética” que se manifiesta, esencialmente, como el necesario disolvente donde las imágenes que contemplamos puedan ser “léidas” como “lugares de comprensión” de realidades que no siempre están fácilmente visibles en las, indudablemente, muy hermosas pinturas que acompañan al escrito. Y correcto es afirmar que la interpretación que de algunas de ellas hace Ruiz de Samaniego posee una gran altura intelectual y discursiva, como si esas mismas imaginaciones pictóricas fueran “testigos de cargo” de su invisible o escondido relato; o de su ausencia, que no por visible está menos “ausente”; o de su temerosa violencia y pesadilla; o de su mismo e inquietante reflejo y reverberación. Se diría, entonces, que Ruiz de Samaniego está muy interesado en demostrar que todas y cada de las imágenes que ha seleccionado son por ellas mismas perfectos ejemplos de lo que podemos definir como “facultad de conocimiento”, y no menos interesado, ciertamente, en “iluminar” (muy apropiado aquí este verbo), como afirmaba Baudelaire, “las relaciones íntimas y secretas de las cosas, las correspondencias y las analogías”. Son estas imágenes, y por decirlo “a lo Rancière”, admirables y muy bien interpretadas escenas concretas de un régimen estético del arte en su más noble y hermosa complejidad. Libro realmente muy bello que analiza con lucidez el “silencio inexpresable” (palabras de Luigi Nono) que encontramos en muchas de las maravillosas obras que contemplamos.

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