Javier Garcerá, DEJARSE QUIETO FLOTAR

06 octubre de 2023 al 28 de enero de2024

«CAB», Centro de Arte Caja de Burgos

Calle Saldaña s/n, 09003 – Burgos

Por Luis Francisco Pérez

El título de esta exposición de Javier Garcerá (Puerto de Sagunto, Valencia, 1967) es un verso perteneciente a un poema de María Zambrano que no conocía (de hecho, no he leído casi nada de su poesía), pero que ha provocado una curiosidad por saber más del contexto poético en el que se inscribe la misteriosa frase –“Dejarse quieto flotar”-, con el ánimo o deseo de una mejor comprensión de la muestra, al menos como válido recordatorio de la locución latina “Ut pictura poesis” (“Como la pintura así es la poesía”). Lo cierto es que el poema de Zambrano, que lleva por título “Café Greco”, debió de ser escrito en sus años romanos por la referencia al famoso café que desde el siglo XVIII fue lugar de reunión de lo más excelso entre los artistas y escritores de toda Europa. Pues bien, en dicho poema (realmente bello, y de una “desesperación” muy serena y controlada) creo importante conocer la estrofa en la que se inscribe el verso, y con ello la posibilidad de encontrar elementos de significancia discursiva en el análisis de la obra expuesta del artista. Dice así la estrofa:

Respirar en el silencio.

Dejarse quieto flotar.

Perderse yendo hacia el centro.

Hundirse sin respirar.

“Dejarse quieto flotar” es una muestra que ha sido comisariada, y como suele ser habitual en este centro, por la dirección del mismo, y en concreto por Javier del Campo, Director de Arte del CAB, y con la lógica participación activa de Javier Garcerá.

Contemplando con detenimiento las doce obras del artista expuestas en las tres salas asignadas -y en la última nos encontramos con la imponente presencia de una pintura (muy, muy hermosa) que mide casi diez metros y que ha sido realizada ex profeso para la exposición-, nos percatamos que uno de los principales argumentos conceptuales del trabajo de Garcerá es la tensión que establece, en todas y cada una de sus pinturas, entre el deseo de reconocimiento sígnico de lo mostrado, y la visión que al límite de su propia capacidad impone el artista como elemento desestabilizador de un “ver”, en arte, que nada certifica excepto su misma complejidad. Podríamos agregar que existe en el hacedor de estas pinturas una voluntad de “desautomatizar” la visión a fin de enfrentar al espectador con el hecho de que los signos pictóricos tienen una rara y conflictiva existencia propia. Que de alguna manera los signos son “palpables”, como expresó el lingüista y teórico literario Roman Jakobson. Y sin duda también son elementos que “quietamente flotan” en el “perderse yendo hacia el centro” de María Zambrano. Por supuesto, la “visión al límite” que hemos recién expresado queda significativamente “marcada” por la utilización que Javier Garcerá hace del monocromo como técnica estructuradora de la pluralidad de vías abiertas que las pinturas nos presentan, junto a la muy trabajada seda que utiliza como soporte de ese “monocromo sígnico”, si bien yo soy más partidario de considerar que estos trabajos antes que “monocromos”, que también, son juegos de relaciones que se obtienen por el uso de un solo color y las variables de valor y saturación. De ahí el complejo tratamiento de la seda como soporte en un solo color de lo que en música se entiende por “Variaciones”, junto, y seguimos en la música, a las Dinámicas, que son las que establecen las graduaciones e intensidad del sonido/visión.

En el pequeño texto introductorio que podemos leer en la página del CAB (desconozco los textos del catálogo que aún no se ha publicado) leemos lo siguiente, y haciendo referencia a las impresionantes pinturas de casi diez metros ya citada: “pero lo más relevante es la renuncia a la emisión de un mensaje narrativo en un trabajo en el que el reconocimiento de las formas parece invitar a lo contrario”. Ello es cierto, si bien con muchos matices o “impugnaciones”, y vendría a reforzar la compleja tensión entre “ver” y “reconocer” que ya hemos apuntado, máxime cuando ello nos lleva a una consideración in extremis de la “posición” que el artista adopta ante géneros artísticos como el paisaje, el bodegón o los interiores de un espacio dado. De hecho, la ausencia de un significado “trascendental” amplia al infinito el dominio y el juego de la significación, y sin por ello anular, bien al contrario, la multiplicidad de pequeños significados privados, domésticos, íntimos, biográficos, en definitiva: no trascendentales. Es decir, “respirar en el silencio” como expresa la autora de “Claros del bosque”.

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