Ulises en el barrio Salamanca.

Tomás Ruiz Rivas.Los hijos de Níobe. Amazon Digital Services. 220 páginas

Por Carlos Jiménez

Tomás Ruiz Rivas es un artista raro entre los raros, que diría Rubén Dario. No solo porque lo más nutrido y ciertamente más destacado de su obra artística haya consistido en generar espacios de arte alternativos, que por su singularidad él mismo ha calificado de proyectos artísticos, anticipando la elevación a concepto de estas prácticas por Nicolás Bourriaud en su ensayo de 1998 Estética relacional.  También es raro porque es y ha sido simultáneamente un escritor prolífico, autor de una obra considerable en la que no faltan los ensayos, los diarios y los artículos polémicos y en la que sobresale ciertamente su obra narrativa. Es larga la lista de pintores que, a lo largo de la historia, en España y fuera de ella, han puesto por escrito reflexiones sobre su propia obra y sobre lo que ellos pensaban qué es el arte. La lista se extiende desde Leonardo da Vinci hasta Andy Warhol, para citar solo dos de los más nombres venerados, aunque ciertamente se podrían citar muchos otros más, igual de aleccionadores y estimulantes. Pero ninguno de ellos, que yo sepa, ha sido simultáneamente un novelista, con la excepción de Salvador Dalí, otro escritor fecundo, autor de Hidden Faces, esa instantánea novelada de la aristocracia europea de entre guerras, publicada en América en 1944.

La obra narrativa de Ruiz-Rivas, que a la fecha suma tres títulos, entre ellos dos novelas, Meaningless (2021) y Los hijos de Níobe (2026). La primera compuesta a partir de su experiencia personal en los espacios alternativos que fundó, tanto en Madrid como en México DF, en los años 90 del siglo pasado y a comienzos del presente. La segunda más centrada en la experiencia de los estudios de artistas compartidos, que hoy tiene su foco en el barrio Carabanchel de Madrid. Experiencias de la marginalidad con respecto al mercado y al circuito de los museos, centros y galerías de arte contemporáneo, vividas sin embargo por sus protagonistas como resultado de su decisión de afirmar fieramente su independencia como artistas e individuos. La marginalidad como elección y no como destino: el núcleo duro de la ética que rige los juicios emitidos sobre el arte, sobre sí mismo y sobre el resto del grupo variopinto de personajes reunidos en esta apasionante fábula, por quien lleva la voz cantante: Ulises. De quien podría decirse que es el alter ego de Ruiz-Rivas, a condición de aclarar que lo es solo del Ruiz- Rivas escritor y novelista. Porque el alter ego del Ruiz-Rivas artista es Emilio. Las obras, que este último hace en su estudio en la planta baja del inmueble que comparte con Ulises, están hechas con desechos: “tapones y chapas, blísteres gastados de medicinas, papeles arrugados o plegados con cuidado, piezas electrónicas, láminas metálicas, recortes de revistas, partes de juguetes o incluso fragmentos de otras obras suyas anteriores”. Esta descripción de Encapsulados, una instalación de Emilio, guarda evidente semejanza con las obras coleccionadas por el [M]UMoCA, el museo más pobre del mundo, Working progress de Ruiz-Rivas artista, que reúne restos o sobrantes del trabajo cotidiano de muchos artistas. Emilio es el Doppelganger de Ulises o al revés.  

Este insólito dúo se constituye en la oposición declarada a la cultura política surgida del 15 M madrileño (2011) y consagrada por el Museo Reina Sofia bajo la dirección de Manuel Borja Villel. La cultura entretejida por conceptos como “multitud”, “agenciamientos”, “subjetividades”, “afectos”, “saberes situados” o “practicas instituyentes”, que combate al patriarcado y la racialización y defiende los derechos de los colectivos LGTBI+. Las páginas que Los hijos de Níobe dedica a exponer tanto los argumentos a favor de esta cultura como a la refutación y las ironías y parodias que Ulises les dedica, son las de más ardua lectura para el lector completamente ajeno a los debates en curso en los estudios de los artistas y las aulas universitarias.  Es el mismo público incapaz de descubrir o intuir cuales son los personajes vivos y actuantes en la escena artística madrileña que comparecen en la novela bajo los nombres como Kike, Mijail o Manuel Cuevas.

 Aclaración. Mientras es radical la oposición de Ulises a la cultura antes citada y a su instrumentalización por el museo que “se ha arrogado el monopolio del pensamiento crítico”, la de Emilio es relativa, sufre cambios. Ruiz-Rivas le presenta como un artista dedicado a hacer su obra al margen de cualquier compromiso político, hasta que su participación en la toma espontánea y multitudinaria de la Puerta del Sol durante las jornadas del 15M le lleva a replantearse su posición. Toma entonces partido por la política asamblearia, que no admite jerarquías preestablecidas, que exige la participación de todos en un plano de igualdad, tanto en la toma de decisiones como en la ejecución de las tareas, política dada al consenso antes que a las divisorias tomas de partido. Es la política que informa el proyecto de exposición que él junto y David, otro artista, presentan al Museo Reina Sofia solo para descubrir que el museo se apropia de la idea, la somete a sus jerarquías y termina excluyéndole. Para satisfacción de Ulises, que ve confirmado una vez más su radical oposición a cualquier política que se atreva a decir su nombre.

Los hijos de Níove admite sin embargo otra lectura, la lectura que permite leer esta novela como la continuación de Historias del barrio Salamanca de 2019. Porque Ruiz-Rivas es un escritor “situado”, un cronista galdosiano del barrio Salamanca donde nació, creció, se formó y aún vive. Él convierte a Ulises, su alter ego literario, en un escritor profundamente arraigado, que vive en una casa ruinosa al final de una callejuela en la periferia menesterosa de dicho barrio y tan contradictorio en su propia vida, como son o solían ser sus habitantes desde cuando el marqués de Salamanca enalteció con una arquitectura pretendida o realmente nobiliaria, su codicia y malas artes. El origen marca el destino: hay cadáveres en los armarios del barrio. Como hay cadáveres en la historia de un Ulises, cuya vida de bohemio irredento se ve alterada de repente y sin remedio por la muerte de su padre que, en contra de su voluntad, le deja una cuantiosa herencia.

Concluyo aclarando que, si he dicho que Ruiz- Rivas es un escritor galdosiano por su vigoroso compromiso de con la narración de la vida cotidiana de su barrio. Pero, en rigor, tendría que decir que es un escritor joyceano. No en vano el protagonista de esta novela suya se llama Ulises, su Madrid es el equivalente del Dublín de James Joyce. Y su prosa es una prosa de clara inspiración joyceana, en la que no faltan las referencias a la cultura clásica, la de los “albores de nuestra civilización”, el multilingüismo, el pastiche o los monólogos interiores o stream of consciousness. También la preocupación por el lenguaje literario, tan distante de la obsesión flaubertiana por le mot just como cercana a los esfuerzos de joyceanos por dinamitarlo con el fin de abrirlo a la posibilidad de narrar la vida de otra manera.  Narrar la vida que ya es otra.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos.
Privacidad