El ángel caído y el tiempo perdido: reflexiones sobre la inalcanzable humanidad de la IA.

Agustín Fernández Mallo. El ángel de la Inteligencia Artificial. Galaxia Gutenberg. Barcelona 2026. 350 páginas.

Por Rafael López Borrego

En el mes de noviembre del año 2022 se produce un hecho determinante en la historia de la humanidad, uno de esos gestos que llegan y cambian para siempre la forma de actuar y de interaccionar con la tecnología. El día 30 de dicho mes se presentó Chat GPT, un nuevo umbral que abre la puerta a la producción de un giro intelectual y creativo para el ser humano.

Desde ese momento la IA ha ido avanzando y realizando nuevas aportaciones destinadas a facilitar algunas de las acciones llevadas a cabo por el ser humano, en algunos casos tediosas y repetitivas, en otras, como indica Eric Sadin en su libro El desierto de nosotros mismos,acciones destinadas a sustituir nuestras capacidades expresivas y creativas con el detrimento para la razón que esto significa.

Si hay una base de la que parte Agustín Fernández Mallo y se repite a lo largo de todo su libro es la posibilidad de la existencia de una Inteligencia Artificial evolucionada. No tendría comparación con la que tenemos ahora mismo, en la que se trata de poner orden en una inmensa acumulación de datos a través de una serie de órdenes que son transmitidas, sino una IA autónoma, capaz de actuar por sí sola y tomar sus propias decisiones, capaz de tener conciencia.

Si las Inteligencias Artificiales son capaces de conseguir la autonomía plena, no serán réplicas humanas sino ángeles caídos. No pueden parecerse a los humanos porque existen una serie de diferencias que la máquina jamás podrá llegar a tener. La primera y más importante es la sensación de finitud y la presencia de la muerte como una constante que indudablemente va a llegar, algo que Séneca en sus Cartas a Lucilio veía no como un mal, sino como un refugio que se anima a acompañarnos y que siempre debemos tener presente. Esta es la primera sensación de la cual carece la IA pues se trata de una máquina, ni siquiera un cuerpo, que tiene como carácter su inmortalidad, que carece de toda sensación de envejecimiento y que elude la enfermedad y los síntomas que esta conlleva. Al no tener esa espada sobre su cabeza inaugura un nuevo estatus de conocimiento y de percepción de los hechos ocurridos en el universo.

Otro de los factores a tener en cuenta será el tiempo. Puede que este sea una ilusión creada por el ser humano para realizar divisiones en su forma de actuar o bien en los procesos que debe llevar a cabo, porque según la teoría de la relatividad el desplazamiento en el espacio altera el transcurso del tiempo. Aun así el tiempo es una huella, una marca que va dejando constancia a todos los niveles de formas de comportamiento y procesos que nos han legado un bagaje histórico y cultural. La IA no tiene esta sensación, carece no solo de la dimensión temporal, sino también de la posibilidad de lo aleatorio.

La aleatoriedad es un rasgo básicamente humano, la capacidad de elección o el simple cambio de parecer puede generar una huella diferente en la historia de la humanidad. Javier Moreno en su libro La belleza del accidente nos dice que errar es consubstancial al ser humano, aludiendo a la posibilidad de que un 50% de los actos humanos sean erróneos o meramente tentativos. Lo aleatorio, lo contingente (una de las palabras con las que Baudelaire calificaba la modernidad) son rasgos humanos que la máquina desconoce y a los cuales jamás podrá acercarse, pero que han hecho posible el avance de la sociedad. El ensayo, la prueba, lo aleatorio de la manzana que cae en la cabeza de Isaac Newton o las gotas que pintura que Jackson Pollock deja caer sobre el lienzo sirven para la fijación de los hechos.

Otro de los aspectos que marca la diferencia es el recuerdo. La mente actúa como un almacén que carece de papelera de reciclaje, nada se destruye, puede permanecer en letargo hasta que decide ser recuperado. Incluso puede ser usado para activar la fantasía soñando con aquello que tal vez deseamos y se aleja de su consecución. Una de las cuestiones clave sería la posibilidad de realizar preguntas que pudieran haber cambiado el curso de los hechos y que parecen muy alejadas de la máquina. Ante la pregunta ¿qué hubiera sucedido si en vez de esto hubiera pasado lo otro?, esta cuestión requiere un esfuerzo mental al que la máquina puede responder con datos, pero que en el ser humano activa la imaginación, el recuerdo y la posibilidad de la fantasía.

Por último y no menos importante, Agustín Fernández Mallo retoma la tesis que ya apuntó en su libro La fuerza de la multitud cuando dice que el ser humano posee una falta desde su conciencia como tal. Se trata de una carencia existencial no resuelta para la cual ha creado una serie de “restos” destinados a cubrir esa carencia. No estamos hablando solo de una vena consumista que nos lleve a la adquisición de objetos con tal de cubrir esa “falta” sino también de las creaciones llevadas a cabo que abarcan desde la religión, el arte, la ciencia pura o el erotismo. Una búsqueda que parece no encontrar fin. Son restos improductivos pero sin los cuales la humanidad se desvanece, abandona su faz inteligente para acercarse a la animal o deviene en fuerza maquínica incapaz de percibir, por ejemplo, el significado de una experiencia estética.

Agustín Fernández Mallo nos propone un viaje donde deberíamos cuestionarnos las posibilidades futuras de la técnica y el progreso, una palabra a la que Walter Benjamin aludía en su Tesis sobre el concepto de historia,para referirse al pasado como un espacio lleno de ruinas, ante el cual éramos incapaces de detenernos para prestar atención.

Si tratamos de poner interés en lo que está ocurriendo o en lo que puede ocurrir, el libro de Fernández Mallo aboga por lo humano y por la dignidad de aquellas cuestiones que nos hacen contingentes. La dignidad de la vulnerabilidad, la posibilidad de la enfermedad o la certeza de la finitud son factores que una máquina jamás podrá replicar, aunque sea tan avanzada que sus datos le permitan comprenderlo, aunque su frustración emerge cuando realmente tome conciencia de que nunca podrá experimentarlo.

Rafael López Borrego

Rafael López es licenciado en historia del arte por la Universidad de Salamanca y ha trabajado como docente en diferentes centros. También ha sido coordinador de exposiciones y actividades de un centro de arte contemporáneo y dirigió una feria de arte contemporáneo. Sus intereses se centran en el mundo del arte, la estética y el pensamiento contemporáneo. Tiene una canal de YouTube con 40.000 seguidores y miles de visitas mensuales.

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