
El historiador como trapero.
Por Carlos Jiménez
Visito la imprescindible exposición La perla peregrina de Fernando Sánchez Castillo, en el Palacio Velázquez de Madrid, y me vienen de inmediato a la memoria expresiones tan cargadas de sentido como “las batallas por la historia”, “arrojados al basurero de la historia” o “la historia me absolverá”. Todas ellas resultan a su modo pertinentes ante esta punzante exposición, que debería convertirse en permanente, para que no se consume definitivamente el pronóstico de Francis Fukuyama: el fin de la historia.
La obra entera de Sánchez Castillo podría resumirse como una larga secuencia de batallas por la historia y contra la historia, que él no libra escribiendo libros con el propósito de recuperar, en un caso, historias reprimidas u olvidadas o, en el otro, de denunciar las falacias y tergiversaciones contenidas en las historias escritas con H mayúscula. Él las libra recolectando – como el trapero enaltecido como modelo de historiador materialista por Walter Benjamín – los vestigios y los restos arrojados al basurero por la propia historia. La historia o las historias que se cuentan por medio de monumentos y esculturas en piedra o metal, erigidas con la misma la vocación de eternizarse que animaba a los poderes que los ordenaron e impusieron. Pero Sánchez Castillo no quiere elevar nuevos monumentos, ni consagrar una nueva historia que sea capaz incluso de absolverlo de su incorregible iconoclastia. Tampoco pretende absolver a la historia del cúmulo de crímenes y agravios de los que está hecha. Incluidos los cometidos en su nombre.

Si acaso pretende algo, es ofrecer una cura a las heridas infringidas a la humanidad por la historia. Como lo sugiere en la explicación de por qué eligió el título de la “Perla peregrina” a esta espléndida antológica suya. Una perla que condensa una historia tan excepcional como su forma barroca. Fue extraída por pescador nativo del fondo del mar en el litoral de Panamá y enviada por su dueño a la corte de la España de los Habsburgos, donde fue pintada en el cuello de nobles damas por el mismísimo Diego Velázquez. Hizo parte de los tesoros reales expoliados durante la Guerra de Independencia y termino en Londres, donde cambió varias veces de dueño, hasta que se convirtió en el motivo de una noticia espectacular: el actor Richard Burton la compró para regalarla a Elizabeth Taylor, su pareja de entonces.
Cada uno de los episodios de esta historia, como ocurre con todas las historias, implica una herida que Sánchez Castillo desea curar del mismo modo que la ostra cura la herida infringida por un cuerpo extraño recubriéndola de sucesivas capas de nácar. La herida permanece, convertida en una perla, así como las heridas infringidas por la historia permanecen, aunque convertidas en arte por obra y gracia de Sánchez Castillo.

Es él, o por lo menos una réplica de su taller, quien recibe al visitante. Es un enorme espacio ocupado de muchas mesas y estanterías muy altas, lleno de esculturas cercenadas o mancilladas, bustos de hombres insignes, cabezas de caballo, pinturas, pintadas y maquetas. La imagen de conjunto es grandiosa y a la vez caótica. El preámbulo apropiado para un recorrido por la historia de España del último siglo contada a pedazos. La Guerra Civil, la dictadura franquista, la Transición están representadas mayormente por esculturas, tanto esculturas ecuestres de Francisco Franco troceadas y retiradas de sitios públicos, como esculturas del propio Sánchez Castillo. Entre estas últimas, la que representa a un hombre en lo alto de un poste, hecha en homenaje a uno de los subsaharianos que asaltó en Nochevieja la valla fronteriza de Ceuta, trepó a una luminaria y se mantuvo allí durante muchas horas antes de decidirse a bajar y entregarse a las autoridades. También es obra suya Narón, una réplica en escala natural del descabezamiento de una estatua pedestre de Franco, emplazada en la provincia de A Coruña, realizado por un grupo de activistas encapuchados de Nos-Unidad Popular. Igualmente responde a la voluntad del artista de desacralizar la imagen del dictador, Azor. Síndrome del Guernica, una instalación hecha a partir del yate de Franco que Sánchez Castillo compró en 2011 y convirtió en bloques de chatarra a los que se contrapone lo que queda, el palo mayor.

La Guerra Civil está evocada e interpelada de muchas maneras. Desde las maquetas de las fortificaciones con los que el gobierno republicano quiso proteger de los bombardeos aéreos franquistas los principales monumentos públicos de Madrid, hasta una copia facsímil de la radiografía de La carga de los Mamelucos, que pone al descubierto el corte infringido involuntariamente a este cuadro de Goya, cuando se lo transportaba de la capital española a Suiza, como parte de las colecciones del Museo del Prado. Y la Transición esta interpelada igualmente de muchas maneras, desde la exhibición de la peluca que utilizó el dirigente comunista Santiago Carrillo para ingresar clandestinamente a España, hasta la cabeza tallada en piedra de Pablo Iglesias, el fundador del PSOE, enterrada en los aledaños de Nuevos Ministerios al final de la Guerra Civil y desenterrada por un gobierno socialista durante la Transición.
Concluyo con la aclaración de que si ha historia de España es su eje, esta exposición no se reduce a ella. El duradero interés de Sánchez Castillo por las manifestaciones de protesta y por la lucha por redefinir el significado de los espacios públicos emblemáticos, le ha llevado a hacer obras que invocan la masacre de la plaza de las Tres culturas en Ciudad de México, la ocupación por el ejército de la Plaza de Tiananmen de Beijing o los perros muertos que Sendero luminoso colgaba en plazas del Perú aterrorizar a la ciudadanía. Este mismo interés le ha llevado a la creación de un museo de las máscaras utilizados por activistas durante las manifestaciones contestatarias en todo el mundo.
Fernando Sánchez Castillo. La perla peregrina
Museo Reina Sofía. Palacio de Velázquez
Hasta el 8 marzo de 2027
Comisario, Ferran Barenblit

