
Corren los vientos hacia donde las naves no desean
Por Jorge Ortega Gonzalo
La exposición de Gorka Mohamed en el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Santander toma prestado el verso de Al-Mutanabbi a modo de una clave de lectura que recorre toda la propuesta. Aquí el viento no empuja, arrastra. Lo hace hacia un lugar donde la identidad no logra anclarse.
Lo primero que sorprende es una ausencia. El color, tan presente en la obra anterior del artista, ha desaparecido. Ahora, su cambio al blanco y negro no es solo un estilo nuevo, sino una decisión ética. Esa ausencia no es simplemente un vacío, también produce imagen. No hay concesiones a lo decorativo ni a lo inmediato. El espectador entra en un ambiente contenido, casi austero, donde cada trazo parece pesar más de lo que muestra.
La entrada a la exposición está marcada por dos grandes dibujos que funcionan como pilonos contemporáneos. No es una referencia arqueológica aleatoria. Al igual que en la arquitectura egipcia, donde estos umbrales señalan un cambio, aquí anuncian una transformación de la mirada. Lo monumental se repliega. Tras cruzarlos, la escala se vuelve íntima, casi doméstica, y la experiencia se centra en la repetición, el ritmo, la serialidad. En ese gesto repetido, contenido e insistente, se construye una intensidad que no necesita elevar la voz. Es, en cierto modo, un tono emocional más bajo que, lejos de restar fuerza, la concentra.

La obra de Mohamed se sostiene sobre una tensión no resuelta: su doble origen. Santander y Mosul no aparecen como polos opuestos ni territorios conciliables, sino a modo de un campo de fricción constante. Aquí es inevitable considerar el “in-between” que Homi Bhabha pensó como lugar de emergencia, ese tercer espacio donde la identidad no suma, sino que se negocia, se fragmenta y se reinventa. Mohamed no ilustra esta teoría; la vive. Su trabajo no busca combinar lo europeo y lo árabe en una estética híbrida complaciente. Más bien, muestra un espacio donde la identidad se descompone para volverse umbral.
Esa imposibilidad es lo que da fuerza a la exposición. En lugar de resolver la tensión, la mantiene abierta. La técnica del dibujo europeo convive con motivos que remiten a la cultura árabe, pero no hay integración armónica. Hay fricción, desacuerdo, un tipo de error identitario que recorre toda la muestra. Y en ese desajuste es donde la obra cobra vida.

Mosul aparece como un eje fundamental, pero no de la manera que uno podría esperar desde una mirada occidental. No hay ruinas, ni violencia explícita, ni imágenes que citen el imaginario mediático de la guerra. Mohamed centra la atención en lo íntimo: la cafetera, el olor del dulce, la silueta del minarete. Son elementos que no buscan representar un lugar, sino activarlo como memoria viva. Así, la imagen deja de ser un signo que remite a algo externo y se convierte en un contenedor de presencia y ausencia al mismo tiempo.
Frente a la mirada occidental que ha reducido Oriente a un archivo de exotismo o barbarie, como superficie de proyección para el deseo y el miedo. Mohamed evade esa trampa con gran precisión y desplaza el foco hacia lo íntimo. No hay aquí estetización de la diferencia ni intención de traducir la experiencia para que sea más fácil de entender. Al contrario, lo que propone es una nueva forma de rearticular la memoria desde dentro, en la vida cotidiana, a partir de aquello que suele no encajar en los grandes relatos. La kleicha o la dallah no se presentan a modo de objetos pintorescos, sino como signos cargados de significado emocional.

En este punto, la exposición pone en suspenso la cuestión de la representación evitando, tal como advirtió Spivak, que hablar por el otro implica un riesgo de borramiento. Mohamed no habla “por” otros ni pretende ser la voz de una identidad colectiva. Su trabajo opera en un nivel más sutil: crea un espacio donde ciertas presencias pueden aparecer sin ser por entero atrapado por la mirada dominante. Es un gesto que podríamos llamar político, pero sin grandilocuencia. Más bien, es una forma de resistencia silenciosa, casi obstinada.
La repetición de las obras refuerza esta idea. No se trata de insistencia formal, sino de construir un tiempo diferente. Cada variación desplaza ligeramente la anterior como si buscara aproximarse a un recuerdo fuera de alcance.
“Corren los vientos hacia donde las naves no desean” se convierte en un espacio de negociación identitaria, un ejercicio de memoria y una declaración de resistencia frente a narrativas simplificadas. No ofrece respuestas definitivas ni busca complacer. Y quizás aquí radica su mayor éxito: asumir que hay experiencias, como vivir entre dos mundos, que no pueden resolverse, solo sostenerse.
GORKA MOHAMED
“Corren los vientos hacia donde las naves no desean”
Museo de Arte Moderno y contemporáneo de Santander y Cantabria (MAS)
Comisaria, Marta Mantecón
Hasta el 30 de Agosto de 2026

