
CONFLUENCIAS. CRUZAR LA MESETA
Arte contemporáneo, territorio y pensamiento periférico en la Fundación Amelia Moreno
Por Manuela Sevilla
En un momento en que buena parte de la producción artística contemporánea parece concentrarse en los grandes polos urbanos y en las dinámicas globalizadas de circulación cultural, la exposición Confluencias. Cruzar la meseta, organizada por el colectivo Néxodos en la Fundación Amelia Moreno de Quintanar de la Orden, plantea una reflexión particularmente pertinente sobre la capacidad de los territorios periféricos para generar pensamiento crítico, investigación estética y nuevas formas de producción cultural. Lejos de asumir la condición rural como una limitación, la muestra reivindica precisamente esa posición excéntrica como lugar de observación privilegiado desde el que repensar las relaciones entre arte, paisaje, memoria y comunidad.
La exposición surge del encuentro entre dos proyectos que comparten una sensibilidad común. Por un lado, la trayectoria de la Fundación Amelia Moreno, establecida en el antiguo complejo industrial de la fábrica de anís El Dorado, convertido desde hace más de dos décadas en un espacio singular para el arte contemporáneo en el corazón de La Mancha. Por otro, la experiencia desarrollada por Néxodos desde 2017, un colectivo que ha construido una de las propuestas más coherentes de creación contemporánea vinculada al medio rural en Castilla y León y Asturias.
La colaboración entre ambas iniciativas no constituye únicamente una alianza institucional. Es, sobre todo, un encuentro entre dos maneras de entender la cultura desde los márgenes geográficos. La exposición establece un diálogo entre las dos grandes mesetas de la península, Castilla y León y Castilla-La Mancha, territorios separados administrativamente pero unidos por numerosos procesos históricos, económicos y culturales.
El propio subtítulo de la muestra, Cruzar la meseta, sintetiza esa voluntad de encuentro. Cruzar implica desplazarse, atravesar un espacio, pero también mezclar, conectar y generar nuevas relaciones. La exposición se construye precisamente sobre esa doble acepción, convirtiendo el territorio en objeto de investigación artística y en metáfora de los procesos de intercambio cultural.
El territorio como construcción cultural
Uno de los aspectos más interesantes de la propuesta es que evita cualquier aproximación nostálgica o romántica al mundo rural. Los artistas participantes no buscan representar una Arcadia perdida ni reivindicar una identidad esencialista del territorio. Por el contrario, entienden el paisaje como una construcción compleja donde confluyen procesos geológicos, económicos, históricos y simbólicos.
En este sentido, la exposición se sitúa dentro de una corriente cada vez más relevante en el arte contemporáneo europeo, interesada por las prácticas territoriales, la ecología política y las transformaciones de los espacios periféricos. El territorio deja de ser un mero escenario para convertirse en un agente activo que condiciona las formas de vida, las memorias colectivas y los imaginarios culturales.
La obra de Javier Ayarza resulta especialmente significativa dentro de esta perspectiva. Su proyecto Archivo territorio funciona como una arqueología visual del presente. A través de un extenso archivo fotográfico construido durante una década, el artista documenta los rastros de la transformación social y económica de las comarcas castellanas. Lejos de la espectacularidad de la imagen contemporánea, sus fotografías atienden a los fragmentos, las huellas y los restos que revelan las tensiones de un paisaje marcado por el abandono y la despoblación.

La noción de archivo aparece aquí como herramienta crítica. No se trata de conservar una memoria inmóvil, sino de interrogar los procesos que han configurado el territorio actual. El paisaje emerge así como un documento político en el que pueden leerse las consecuencias de determinadas decisiones económicas y sociales.
También Alberto Franco Díaz aborda la dimensión temporal del territorio, aunque desde una perspectiva distinta. Su pieza NaCl utiliza la sal como elemento material y simbólico para establecer conexiones entre la historia geológica y la historia humana. Los procesos de cristalización y disolución se convierten en metáforas de las transformaciones que afectan tanto al paisaje como a las comunidades que lo habitan. La referencia a las salinas de Imón conecta, además, ambas mesetas a través de una memoria geológica compartida que antecede a cualquier división política contemporánea.

Jose Ignacio Gil realiza una indagación estética de los territorios ambiguos de la identidad cultural en un mundo atravesado por nuevas formas de colonización global, con una doble instalación sobre la puerta cochera de entrada en el exterior y un dispositivo metálico interior que nos introduce en las prácticas atentas a los signos de lo cotidiano, explorando las tensiones entre pertenencia, memoria y transformación cultural.

Memoria material y arqueologías del lugar
Una de las líneas conceptuales más sólidas de la exposición gira en torno a la memoria inscrita en los espacios y los objetos. El antiguo complejo industrial de El Dorado no actúa simplemente como contenedor de las obras, sino como un elemento activo que condiciona muchas de las intervenciones.
Numerosos artistas incorporan directamente la historia del lugar a sus propuestas. Ayala Barber recupera el pasado productivo de la antigua fábrica mediante una instalación realizada con bioplásticos infusionados con anís. La memoria industrial deja de ser un relato abstracto para incorporarse literalmente a la materia de la obra. El olor, habitualmente ausente en las artes visuales, se convierte aquí en vehículo de evocación y experiencia.
De forma similar, Beatriz Castela desarrolla una investigación sobre las ausencias presentes en la arquitectura. Su instalación parte de los azulejos desaparecidos del antiguo rótulo de la fábrica. Lo que inicialmente aparece como pérdida se transforma en una nueva estructura visual. La artista desplaza al interior del espacio expositivo aquello que falta en la fachada, convirtiendo el vacío en protagonista de la experiencia estética.
Estas estrategias ponen de manifiesto una concepción de la memoria alejada de cualquier voluntad reconstructiva. Las obras no intentan restaurar el pasado, sino activar sus resonancias en el presente. La memoria aparece como un proceso dinámico de reinterpretación y relectura.
Una operación semejante puede encontrarse en la intervención de Jorge Gil, quien reutiliza antiguas latas de dulce El Dorado como recipientes para el crecimiento de nuevos esquejes de membrillo. La pieza transforma los vestigios de una economía basada en la producción y el consumo en dispositivos de regeneración biológica. Allí donde antes existía una lógica extractiva surge ahora un ciclo de crecimiento y transmisión.

Evelyn Hellenschmidt sitúa su instalación de sillas en medio de la vastedad del entorno, las eleva y habla de pausa en el flujo continuo de la contemplación anclados a un lugar de la naturaleza, un punto de quietud en el devenir incesante. El acto de sentarse transforma siempre la relación con el paisaje, nos hace presencia consciente y resalta sus silencios. Porque no existe paisaje sin mirada, es la conciencia humana la interpreta y transforma el territorio en representación.

Cartografías de la despoblación
La despoblación constituye otro de los ejes fundamentales de la muestra. Sin embargo, los artistas evitan convertirla en un simple tema sociológico. Más bien la abordan como una condición compleja que afecta simultáneamente a los paisajes físicos y a los imaginarios culturales.
María Herreros desarrolla una de las propuestas más sugerentes en este sentido. Sus pequeñas casas construidas a partir de mapas aparecen dispersas y parcialmente ocultas en el espacio expositivo. La instalación obliga al espectador a modificar sus hábitos perceptivos, invitándole a buscar aquello que normalmente permanece fuera del encuadre.
La metáfora resulta evidente pero eficaz: los pueblos olvidados siguen existiendo, aunque hayan desaparecido de las narrativas dominantes. La artista propone una forma de atención lenta y arqueológica que cuestiona los mecanismos mediante los cuales determinados territorios son excluidos de la visibilidad cultural.

Por su parte, Bettina Geisselmann amplía la reflexión hacia cuestiones ecológicas y agrícolas. Su instalación Agente naranja establece conexiones entre los cambios demográficos de la España interior y la transformación de los modelos productivos. El territorio aparece como un espacio sometido simultáneamente a procesos de despoblación humana y degradación ambiental.
La referencia al famoso herbicida utilizado durante la guerra de Vietnam introduce una dimensión crítica particularmente incisiva. La obra plantea preguntas sobre los costes ecológicos de determinadas formas de explotación agrícola y sobre la progresiva desconexión de las nuevas generaciones respecto al medio rural.

Tránsitos, desplazamientos y comunidades
El concepto de tránsito atraviesa toda la exposición. Cruzar la meseta significa también desplazarse entre territorios, tradiciones y experiencias vitales.
Pepe Murciego nos traslada una experiencia personal y familiar en ese atravesar y desplazarse entre comunidades. Una excusa de perspectiva caballera y juego de palabras para relatar el traslado de una escultura que nos habla de biografía y viaje casi épico de su padre.
Alejandro Martínez Parra explora esta dimensión a través de una instalación audiovisual centrada en los amaneceres y atardeceres de ambos territorios. Su proyecto se pregunta hasta qué punto dos lugares separados pueden compartir una misma experiencia de la luz, del tiempo y de la contemplación. La obra introduce una reflexión poética sobre aquello que permanece constante más allá de las divisiones geográficas.

Julio Mediavilla aborda el tránsito desde una perspectiva más conceptual. Su instalación utiliza elementos asociados a la señalización vial para representar la distancia y la proximidad entre ambas mesetas. El espacio intermedio se convierte en metáfora de la mediación, la comunicación y el intercambio.

La dimensión sonora adquiere especial relevancia en la propuesta de Nacho Román. Su pieza establece un diálogo entre las tradiciones musicales de Castilla y León y CastillaLa Mancha mediante la superposición de ritmos de jota procedentes de ambos territorios. La antigua tinaja utilizada como dispositivo acústico incorpora además la memoria material del edificio al propio proceso compositivo.
Del mismo modo, Emma Rodríguez utiliza la castañuela como objeto cultural compartido para explorar las formas en que las prácticas populares se transmiten y transforman a través del contacto entre comunidades.
Una estética de la periferia
Más allá de la diversidad formal de las obras, la exposición construye una posición común respecto a la producción cultural contemporánea. Frente a las lógicas de centralización que históricamente han caracterizado el sistema artístico español, Confluencias. Cruzar la meseta reivindica la periferia como espacio de creación, experimentación y pensamiento.
Lo verdaderamente relevante de la propuesta no es únicamente que tenga lugar fuera de los grandes centros urbanos. Lo importante es que plantea una reconsideración crítica de las relaciones entre centro y periferia. Los territorios rurales dejan de aparecer como receptores pasivos de la cultura producida en otros lugares para convertirse en agentes capaces de generar discursos propios.
En este sentido, la exposición constituye un ejemplo especialmente sólido de cómo las prácticas artísticas contemporáneas pueden contribuir a repensar las transformaciones del territorio y las formas de habitarlo. Las obras reunidas no ofrecen respuestas cerradas ni soluciones a los problemas que plantean. Su valor reside precisamente en abrir espacios de reflexión donde paisaje, memoria, comunidad y creación artística se entrecruzan.
“Confluencias. Cruzar la meseta” demuestra que el arte contemporáneo puede encontrar en la periferia no un límite, sino una oportunidad. Una oportunidad para mirar de otra manera, para establecer nuevas conexiones y para imaginar formas alternativas de relación entre cultura y territorio. En tiempos marcados por la homogeneización y la concentración, esa apuesta constituye quizá una de las aportaciones más valiosas de la muestra.
Exposición: Confluencias. Cruzar la meseta
Comisariado: Néxodos
Inauguración: 6 de junio de 2026, 19:30 horas
Lugar: Fundación Amelia Moreno, antigua fábrica de licores El Dorado, Quintanar de la Orden (Toledo)
Artistas participantes: 14 creadores de Castilla-La Mancha y Castilla y León

