
Otra forma de mirar Hopper
Por Saray Díaz García
Subo las escaleras del Museo de Bellas Artes de Bilbao como quien se adentra en un estado de ánimo. El edificio, siempre en transformación, respira entre andamios invisibles y memorias que parecen superponerse unas sobre otras. En la tercera planta, la soledad contemporánea me espera discreta, luminosa, casi silenciosa. Es un pequeño santuario del arte gráfico, donde el papel sostiene la luz y la impresión digital se vuelve un gesto íntimo, casi secreto.
En AfterHopper, la figura de Edward Hopper (Nyack, 1882–Nueva York, 1967) no aparece como protagonista, sino como presencia contenida: un eco que atraviesa el espacio. José Antonio Azpilikueta (Eibar, 1961) nos invita a asistir a ese homenaje de un imaginario. Siguiendo el encargo editorial de José Ignacio Olave (Bilbao, 1953) para celebrar su 70 aniversario, Azpilikueta añade nuevas capas a una trayectoria ya consolidada en el grabado y la obra gráfica. Su trabajo recoge el universo hopperiano y lo filtra a través de una sensibilidad actual, sin imitarlo, reconstruyéndolo.

Lo más potente de Hopper siempre fue su capacidad para mostrar la soledad moderna en escenas aparentemente simples: habitaciones de hotel, oficinas, estaciones de servicio, figuras detenidas ante una ventana. Azpilikueta captura esa luz —una luz que no solo ilumina, sino que aísla— y la emplea para expandir las posibilidades expresivas del grabado y la impresión digital. Y, sin embargo, hay algo personal en su mirada: se siente su curiosidad, su respeto y su asombro ante la obra original.
Antes de ser pintor, Hopper trabajó como ilustrador comercial. Sus encuadres limpios y su economía compositiva funcionaban perfectamente en la superficie plana, casi como si ya estuvieran destinados a la imprenta. Azpilikueta conoce ese origen y lo reactiva: juega con el papel, recupera el espacio comprimido y subraya la bidimensionalidad como potencia, no como límite. Cada línea delimita un territorio mental más que físico, y eso se percibe en la forma en que la luz y la sombra dialogan en sus estampas.

Doce piezas componen la exposición, y ninguna rehúye la reflexión ni la técnica. La modernidad impresa se convierte en un campo de experimentación: el contraste construye, la sombra delimita y el silencio adquiere cuerpo. En un tiempo saturado de imágenes, estas obras reivindican la pausa, la distancia y la experiencia íntima de la obra gráfica. Y, si soy sincera, mientras las recorro siento que hay algo más que arte: una conversación silenciosa sobre fragilidad, vulnerabilidad y la belleza de lo cotidiano.
After Hopper. Grabados de José Antonio Azpilikueta
Donación José Ignacio Olave
Museo Bellas Artes de Bilbao
Comisariado: Mikel Lertxundi Galiana

