Plensa

El (re)descubrimiento de Jaume Plensa

Por Carlos Jiménez

La exposición de Jaume Plensa en la Fundación Telefónica de Madrid me ha devuelto el entusiasmo por su arte. El entusiasmo que se adueñó de mí cuando vi por primera vez vi su obra hace muchos años, en su primera exposición individual, celebrada en la legendaria galería de Fernando Vijande en la calle Núñez de Balboa de Madrid. Ambos éramos muy jóvenes y él era un escultor bronco, de láminas de metal y soldadura, y un brillante neófito en la tradición iniciada virtuosamente por Julio González y el propio Picasso y continuada por John Chamberlain con sus amasijos de chatarra, tan opuestos en su desvarío a los resultados de disciplina analítica aplicada por Jorge Oteiza al metal o de la imponente solemnidad de las esculturas de Eduardo Chillida. Las de Plensa, con su brutalidad y su crudeza, me parecieron, además, los emblemas más apropiados para del fin de la Edad del hierro, interpretado, como no podía ser de otro modo, en la Inglaterra mecánica y fabril, por la huelga desesperada y fatal de los mineros que la habían hecho funcionar. Los altos hornos apagaban sus fuegos por toda Europa y no sólo en Inglaterra.

A ese primer asombro siguieron los que me fueron producidos en los años siguientes por las sucesivas etapas de su obra. Ahora mismo recuerdo sus enormes dibujos hechos con chorreaduras metálicas, las esferas de metal impresas con versos de poetas, las figuras humanas tejidas con textos en distintas lenguas de varillas de acero inoxidable, la emblemática Crown Fountain situada en el Millenium park de Chicago, las cabezas de mujeres y de niñas de fibra de vidrio…Mi entusiasmo sin embargo fue decreciendo hasta prácticamente desaparecer, cuando la proliferación de dichas cabezas en tantos lugares públicos del mundo, me llevó a pensar que Plensa, al igual que lo había hecho Fernando Botero, estaba dilapidando su innegable convirtiendo en fórmula lo que en su día había sido un verdadero hallazgo.

La exposición de Fundación Telefónica me ha hecho recuperar el temprano entusiasmo por la obra de Plensa que creía irremediablemente perdido. Y creo que la explicación de esta recuperación, se halla en el feliz maridaje de la curaduría y del montaje. Si la escultura es según el lugar o el espacio donde se sitúa, las de Plensa brillan en esta ocasión de tan prodigiosa manera es por la excelente elección de las mismas y por la virtud de un montaje, mejor de una puesta escena, que explora y expone todas sus posibilidades. De visión, de interpretación, de fascinación, de ensimismamiento, de identificación…

Obviamente el propio Plensa tiene su buena cuota de responsabilidad en tamaño logro. No olvidemos que él es también un escenógrafo experimentado, que colaboró en los años todavía furiosos de la Fura del Baus, diseñando las escenografías nada menos que de cuatro óperas clásicas: La Atlántida, con música de Manuel de Falla y Ernesto Halffter, El Martirio de San Sebastián de Claude Debussy y Gabriele D´Annunzio, La condenación de Fausto de Héctor Berlioz y la Flauta mágica de Mozart.  Y que contribuyó a la reinauguración del Teatro del Liceo de Barcelona, no solo diseñando Constelaciones, sus tres nuevas puertas a calle, sino también la escenografía de la ópera Macbeth de Verdi. Estas experiencias le han dejado la conciencia de que en la opera contemporánea la puesta en escena ha cobrado un protagonismo insólito, extraordinario, hasta el punto de “hacer cantar las piedras”, como ha hecho en esta memorable exposición. 

Jaume Plensa. Materia Interior. Fundación Telefónica, Madrid.

Carlos Jiménez Moreno

Arquitecto, Historiador y crítico de arte. Director del Simposio de arte y ciencia del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas de Madrid CNIO. Ha ejercido la crítica de arte en los principales periódicos y revistas de España y América Latina. Ha publicado diez libros sobre arte contemporáneo.

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