Israel

ISRAEL GALVÁN «LA CONSAGRACIÓN DE LA PRIMAVERA»©Filippo Manzini

Israel Galván. La gran Performance.

Por Carlos Jiménez.

La audacia del bailarín y coreógrafo Israel Galván no parece tener límites. La ha demostrado a lo largo de una trayectoria artística que ya es dilatada y lo ha demostrado una vez me más con su arriesgada interpretación de La consagración de la primavera, esa obra legendaria de los Ballets rusos de Serguei Diaguilev, con coreografía de Vaslav Nijinski y música de Igor Stravinski, que dividió hasta tal punto al público que accedió a su estreno en 1913 en el Teatro de los Campos Elíseos de Paris, que terminaron a puñetazos.

Una división tan radical de opiniones es impensable hoy día porque las innovaciones de Nijinski y las de Stravinski se han incorporado hasta tal punto a la corriente principal de la cultura contemporánea que forman parte de un nuevo clasicismo. Y son patrimonio común. Quizás no pueda decirse lo mismo de las innovaciones introducidas por Galván en la añosa tradición flamenca, que muchos intérpretes y aficionados no terminan de aceptar. Piensan que el radicalismo de sus propuestas lo ha dejado completamente fuera de dicha tradición. Lo mismo hicieron quienes rechazaron lo que habían hecho con la tradición folclórica rusa Diaghilev, Nijinski, Stravinski et altri en La Consagracion.

Pero sea la que sea la valoración que se haga de la relación de Israel Galván con el flamenco, lo que a mí me queda claro es que esta nueva obra suya sí que representa una audaz ruptura con la secuencia de interpretaciones y reinterpretaciones que se han hecho de La consagración hasta la fecha. Su multitudinaria puesta en escena, su abigarrada escenografía simbolista, los coloridos vestuarios, la orquesta al completo han sido sustituidos por una puesta en escena minimalista, la orquesta reducida a dos pianos de cola, el vestuario monacal de Galván y la música de Stravinski sometida en una estricta selección pasajes, entreverada con una reducción para piano a cuatro manos de piezas de Scarlatti y Frederic Rzsewski, más una sevillana del siglo xviii. La gracia o el milagro, es que con tanta limitación de recursos la obra logre causar hoy impacto tan formidable como el que causó en su día La Consagración…

Cierto, nadie se lio a puñetazos en la sala del Teatro de Conde Duque el sábado pasado (08.06.24), pero los interminables minutos de aplausos al final de una pieza de 70 minutos, demostraron la aprobación sin fisuras de la propuesta rupturista de Galván y dieron fe de la conmoción causada por la misma entre los asistentes.

Yo cifro su logro en el hecho de que el predomino que Stravinski dio en su obra a los instrumentos de percusión sobre los de cuerda, al ritmo sobre la melodía y a la sincopa sobre la armonía, se resuelva en el diálogo y el contrapunto entre los pianos y el polifacético zapateo de Israel Galván. Ambos virtuosos, ambos capaces de emocionar al cuerpo entero, de sacudirlo con vibraciones y estremecimientos inesperados, subyugantes, impensables. Es la manera de ser fiel a Stravinski sin citarlo al pie de la letra. Dos comentarios adicionales: la performance de Galván fue la de un bailarín siempre erguido y por lo mismo contrapuesta tanto a la de los bailarines del ballet clásico, siempre pugnando por elevarse al cielo, como la de los bailarines modernos, siempre dispuestos dejarse vencer por la gravedad. El otro es que su performance no fue solo la de un bailarín sino también la de un actor que desplego su talento con poses, gestos y movimientos inspirados por los mimos y los legendarios actores del cine mudo. La hondura trágica del flamenco entre mezclándose con el humor y la parodia.

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