El niño de Elche

La escucha indisciplinada.

Niño de Elche: Heterodoxias,

Ed. Cátedra, Madrid 2024. 95 páginas.
I.S.B.N.: 978-84-376-4781-4

Por Fernando Castro Flórez

Joseph Beuys afirmó, lúcida y lapidariamente, que la mejor obra de mundo puede ser una buena conversación. En un mundo dominado por la “rumorología”, cuando la corrala-cibernética únicamente viraliza tonterías o provoca vertiginosos enfrentamientos, encontrarnos con diálogos inteligentes supone asistir a lo inaudito. La conversación entre Miguel Álvarez-Fernández y Niño de Elche, recogida en el
volumen titulado Heterodoxias es un “afinado” material para pensar y escuchar el proceso creativo indisciplinado. Más allá de toda la retórica inercial de lo “interdisciplinar”, conviene recuperar las consideraciones de Foucault (a partir de las cuales continuó intensificando la cuestión de la crítica Judith Butler) sobre la necesidad de la indocilidad reflexiva. Niño de Elche es uno de los más singlares “ex” de la cultura contemporánea: exflamenco, expañol o, añadiría por mi cuenta, extemporáneo. Cantaor que se atrevió a incorporar la lógica del sentido (valga esta referencia a Deleuze) de Francis Bacon, anómalo activador de una araña en el contexto de una muestra de Tomas Sarraceno, interlocutor lúcido de las derivas de Pedro G. Romero (con el que construyó la Antología del cante flamenco heterodoxo en 2018) en el estriado campo de lo popular, admirador de Val del Omar, nómada del sonido experimental. El cómplice, en todos los sentidos, con el que conversa es Miguel Álvarez-Fernández, uno de los músicos y
musicólogos más lúcidos que he conocido, autor del magnífico libro La radio ante el micrófono: voz, erotismo y sociedad de masas (Ed. Consonni, 2021) y también de una reveladora interlocución con Luis de Pablo que se editó en Casus Belli en 2020. Miguel y Francisco (el nombre de pila de ese “Niño” que ya está talludito) llevan años colaborando en espectáculos como Niño de Elche canta el cine mudo, en el doble vinilo. La distancia entre el barro y la electrónica. Siete diferencias valdelomarianas (SONY, 2020), en el libro No comparto los postres (Ed. Bandaàparte, 2016) o en el concierto que realizaron en el Museo Vostell de Malpartida en 2021. Comparten, como queda claro en todas las páginas de este intercambio epistolar (el libro está realizado durante un año y medio de correos electrónicos entrecruzados), la concepción del arte como medio de conocimiento.
Lo decisivo para ambos músicos es pensar e intensificar la escucha. Escuchar apunta de forma sintética y acertada Niño de Elche es “uno de los motores para poder ser crítico y, por ende, autocríticos”. También recuerda que Morton Feldman escribió que escuchar es suspender tus propias convicciones. En cierto sentido confluye con la lucha adorniana contra la regresión de la escucha, esto es, con la demanda de una concentración que no tendría que convertirse en un refugio en una concepción “purista” de lo estético. “Una de mis preocupaciones –apunta Niño de Elche– en los últimos tiempos es cómo generar contextos que sirvan para que esa conciencia de la escucha pueda darse. Mi trabajo discográfico, así como el escénico en todas sus acepciones, al igual que mi pequeña producción literaria o cinematográfica, así lo demuestran. Para mí son ejemplos para ser analizados y tenidos en cuenta lugares
como las iglesias, las factorías de creación, los monasterios, los conventos, los espacios destinados al llamado coworking, asociaciones de todo tipo, fundaciones o logias masónicas, que han sido y son tradicionalmente sitios de encuentro donde se han desarrollado vínculos alrededor de unas prácticas con algunos fines concretos, aunque es verdad que en muchos casos han fracasado en el logro de la conciencia de escucha más allá de sus límites ideológicos o conceptuales”.
Niño de Elche se define, teniendo en cuenta que todo su proceso ha sido el de escapar de los “encasillamientos” genéricos o disciplinares, como un artista experimental. Tendría, tal vez, sentido retomar el libro Experimental Music. Cage and Beyond (Schirmer Books) que Michael Nyman escribiera en 1974 para preguntarnos qué es propiamente ese tipo de “experimentación” que en el ámbito musical tiene más que ver con lo azaroso con que con lo ortodoxamente planificado. Lo que quiere este artista que, reconoce que lo flamenco le ha ofrecido una serie de herramientas y lógicas procedentes de las músicas populares que están plagadas de “posibilidades”, es experimentar la diferencia.
Este (afortunadamente) anómalo artista ha tenido que buscar o generar grietas donde “ir ampliando ese espacio de superación de prejuicios, de miedos”. Su trabajo intersticial ha generado, paradójicamente, tanto entusiasmo como incomprensión. En distintos momentos, en la conversación con Miguel Álvarez-Fernández, declara su sincero reconocimiento a los gestores y programadores culturales que han sido
capaces de ir más allá de las compartimentaciones (burocráticas) “artísticas”. Si Baruch Spinoza apunto que “nadie sabe lo que puede un cuerpo”, Niño de Elche ha performado el suyo para que genere resonancias siniestras (aludo obviamente al rizomórfico ensayo de David Toop publicado en español por Caja Negra en 2013), pero también para desarrollar lo que podríamos calificar como música en el
campo expandido (esa lógica que Rosalind Krauss formulara en la escultura en la década de los setenta y que podríamos ensayar en el espacio del sonido). Las “voces” le impulsan o pulsionan a derivar más allá de la posición sedentaria del “cantaor” para arriesgarse incluso en lo espiritual o tratar de experimentar lo místico.
Niño de Elche reconoce a una serie variopinta de creadores que le han influenciado: Brian Eno, Scott Walker, Diamanda Galás, Carles Santos, Fátima Miranda, Bartolomé Ferrando, Walter Marchetti o, por supuesto, John Cage. Si también cita a Hans Kung, Ernesto Cardenal, Bela Tar, Sion Weil, Carl Jung o Thomas Merton, en buena medida su “referente” es David Bowie, al que asume no tanto desde el tópicazo de lo “camaleónico” sino como exponente de lo trans, “aquello que atraviesa o es atravesado, y también lo que sobrepasa o que va de un lado a otro”. Este artista, lúcidamente “descarado”, que no ha sentido ninguna vergüenza al tocar la guitarra junto a C Tangana, se libera en el escenario, fricciona con los públicos, amplifica los imaginarios con lo que llama “nociones bastardas del arte”. Su diálogo heterodoxo abre líneas de fuga en las que no suena la misma e idiota cantinela.

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