
Realismo en alza: Andrés García Ibáñez ante la tradición pictórica española
Por Marisol Salanova
¿Sigue siendo la abstracción el lenguaje privilegiado del arte contemporáneo o estamos asistiendo a un renovado protagonismo de la figuración? La pregunta resulta pertinente en un momento en el que, para sorpresa de la mayoría de los críticos, la pintura realista está recuperando visibilidad en museos y galerías, mientras persiste cierta desconfianza hacia aquellas prácticas que mantienen una relación reconocible con el mundo visible. Durante las últimas décadas, buena parte del discurso artístico ha identificado la innovación con el abandono de la representación, como si pintar un rostro o un paisaje implicara necesariamente mirar hacia atrás. Sin embargo, la historia del arte demuestra que ninguna conquista estética anula las anteriores. La figuración nunca desapareció y su vigencia actual anima a cuestionar algunos prejuicios sobre lo que significa ser contemporáneo en un presente cuya cotidianidad rezuma experimentación, inteligencia artificial y trampantojos varios.
La exposición Andrés García Ibáñez. Una mirada al realismo español, en la Fundación Bancaja de Valencia, ofrece una ocasión para abordar este debate desde la trayectoria de un artista que ha hecho de la tradición pictórica española el fundamento de su lenguaje. Nacido en Olula del Río, Almería, en 1971, García Ibáñez pertenece a una generación que comenzó a desarrollar su carrera cuando la pintura llevaba tiempo conviviendo con prácticas conceptuales y nuevos medios. Su elección del realismo no parece responder a una resistencia frente al presente, aunque tampoco participa de esa necesidad de ruptura que tantas veces se exige al artista contemporáneo casi forzándolo.
Se trata de una muestra que reúne ochenta y cuatro obras realizadas entre 1994 y 2026, acompañadas por once piezas de maestros como Goya, Sorolla o Zuloaga. Esta convivencia permite reconocer afinidades y comprender que la originalidad no siempre consiste en inventar un lenguaje desconocido. A veces aparece cuando alguien decide revisar aquello que creíamos suficientemente explícito y masticado.

Gadamer defendía en Verdad y método que nuestra comprensión del mundo está condicionada por la tradición a la que pertenecemos. De modo que la verdad no se alcanzaría a través del método científico, ni mediante una regla técnica, sino a través de la experiencia de la comprensión. Ninguna interpretación nace completamente libre de antecedentes. Eso es seguro. Desde esta perspectiva, el artista establece una relación activa con la historia del arte, que funciona como un repertorio de posibilidades.
El recorrido comienza con los géneros tradicionales. Retratos de familiares y amigos conviven con paisajes y bodegones que evidencian un extraordinario dominio del dibujo. La pincelada, suelta en ocasiones y deliberadamente matérica, concede protagonismo a la superficie pictórica. En los retratos encontramos una voluntad de representar a las personas sin embellecimientos innecesarios. Es bien significativo que muchos de estos trabajos no procedan de encargos, porque el artista puede permitirse observar a sus modelos sin la obligación de satisfacer expectativas ajenas. Ahí aparece una conexión con la denominada «veta brava» de la pintura española, expresión utilizada por el historiador Enrique Lafuente Ferrari para identificar una sensibilidad especialmente intensa dentro de nuestra tradición artística. Goya constituye una referencia inevitable, en especial por su capacidad para revelar aquello que las convenciones sociales preferirían mantener oculto.
No obstante, la destreza técnica plantea una dificultad interesante. ¿Cuándo deja de sorprendernos que alguien pinte extraordinariamente bien para empezar a preguntarnos qué está intentando decir? El virtuosismo puede convertirse en una forma de seducción que termina desplazando el contenido. Es uno de los riesgos del realismo contemporáneo, especialmente cuando la fidelidad visual se transforma en el principal argumento para justificar una obra. En este sentido, García Ibáñez parece consciente de tal limitación cuando abandona la observación directa y se introduce en la mitología. Así, pinturas como La infancia de Baco o El jardín de las Bacantes recuperan relatos clásicos desde una sensibilidad contemporánea. La representación mantiene su protagonismo, aunque aquello que aparece en el lienzo pertenece ahora al territorio de la imaginación.

La mitología ha servido durante siglos para explicar de algún modo comportamientos humanos peculiares que continúan resultándonos familiares. Su recuperación permite hablar de cuestiones actuales sin depender necesariamente de acontecimientos concretos, para que cada visitante haga suyo el contenido y tenga su propia visión. En esta sección, las referencias al barroco adquieren especial relevancia porque introducen una teatralidad que contrasta con la austeridad de algunos retratos y conecta muy rápidamente con el público general. Dicha teatralidad pone en contexto e introduce referentes históricos reconocibles.
Ahora bien, conviene preguntarse si todas las referencias históricas consiguen producir nuevos significados. La acumulación de símbolos no garantiza profundidad intelectual; en ningún campo y tampoco en el del arte. Las composiciones alegóricas funcionan mejor cuando permiten al espectador descubrir algo que no estaba completamente explicado de antemano. Asimismo, el apartado dedicado a Beethoven resulta destacable por mostrar el proceso de aprendizaje artístico. Durante sus años de formación, García Ibáñez desarrolló la serie Del corazón al corazón, en la que intentó trasladar a la pintura las emociones que encontraba en la música del compositor alemán.
La propuesta plantea una dificultad fascinante. ¿Cómo representar visualmente una experiencia que sucede en el tiempo y carece de una apariencia concreta? Mientras la música avanza y desaparece conforme la escuchamos, la pintura permanece ante nuestros ojos. García Ibáñez busca correspondencias entre ambos lenguajes sin abandonar la figuración.
Sus obras permiten conocer también el camino por el cual un artista joven encuentra en otro creador una manera de comprender sus propias inquietudes. Hay algo cercano en ese ejercicio de identificación. Todos hemos descubierto alguna vez que una canción o una obra pictórica o literaria parecía expresar exactamente aquello que todavía no sabíamos formular nosotros con palabras pero que otro había plasmado con arte.
El proyecto culmina con la relación entre García Ibáñez y Antonio López, una amistad que ha dado lugar a trabajos conjuntos y a numerosas experiencias de pintura del natural. Las interpretaciones que ambos realizan de un mismo paisaje permiten observar diferencias que resultan especialmente reveladoras. Pues dos artistas pueden situarse ante idéntico motivo y producir imágenes muy distintas. La realidad nunca llega al lienzo sin atravesar previamente una mirada. Incluso la pintura aparentemente más objetiva implica decisiones que modifican nuestra percepción de aquello que representa.

Esta colaboración se extiende a proyectos escultóricos y actividades docentes, mientras que la trayectoria de García Ibáñez incorpora una importante dimensión institucional. Su participación en la creación del Museo del Realismo Español Contemporáneo de Almería demuestra que su compromiso con esta tradición también se desarrolla mediante la construcción de espacios destinados a conservarla y difundirla.
La exposición de Fundación Bancaja tiene el acierto de presentar esa trayectoria dentro de una genealogía reconocible. Sin embargo, el diálogo con los grandes maestros también plantea una cuestión crítica. La tradición puede ayudarnos a comprender una obra, pero su prestigio no debería funcionar como garantía automática de calidad. La verdadera importancia de un artista contemporáneo depende de lo que consigue aportar a su tiempo.
Volvamos entonces a la pregunta inicial. ¿Figuración o abstracción? Quizá el problema comience cuando pretendemos establecer una jerarquía entre ambas, como si la historia del arte avanzara mediante la eliminación de lenguajes anteriores. La pintura figurativa puede resultar profundamente conservadora, pero también puede cuestionar nuestras certezas. Exactamente lo mismo sucede con la abstracción, cuya apariencia experimental tampoco garantiza una verdadera renovación.
El interés del trabajo de García Ibáñez podría decirse que reside sobre todo en su voluntad de mantener abierta esa conversación con el pasado. Sus obras nos recuerdan que representar la realidad pide interpretarla de forma constante y que el conocimiento técnico adquiere sentido cuando consigue trascender la mera demostración de habilidad. Por ello, al salir de la exposición esta deja un regusto agridulce. Se paladea que la contemporaneidad de una pintura no depende de cuánto se aleje de las apariencias, sino de su capacidad para modificar nuestra manera de comprenderlas. Y esa posibilidad sigue incomodando a muchos, aunque ahora está al alcance de cualquier lenguaje artístico que tenga algo relevante que decir.
Andrés García Ibáñez. Una mirada al realismo español.
Fundación Bancaja, Valencia.
Del 25 de septiembre de 2026 al 10 de enero de 2027.

